.De La historia de las panteras y de algunos de los animales conversos
Datos biográficos comunes a panteras de mi edad
(Pp. 95 – 114 en la obra impresa)






Aunque usted no me lo haya preguntado aún, una vez más seguiré anticipándome a sus expectativas e intentaré esbozar posibles respuestas para una de las más acostumbradas preguntas que, invariablemente, me piden que responda.  Como le previne al comienzo, posiblemente, cuando escuche mis palabras se desilusione porque, una vez más, lo que tengo que decir ni siquiera es una aproximación directa a la respuesta esperada.
Casi todos los integrantes de mi generación, los que hemos sobrevivido las leyes no escritas de los animales conversos, pueden recordar un pasado común;  palabras, gestos, ideologías, frases, lugares:  todos los elementos que nos identifican a unos con otros.  Hasta yo, que no recuerdo lo que me ha hecho el tiempo, puedo sentirme una parte más de aquellos días que nunca serán muy lejanos.
Crecí conociendo—no sólo por lo que me indicaba mi intuición precoz sino también por el rencor  que observaba en los que me rodeaban—el rechazo hacia dos brazos en alto que hacían vibrar a una multitud de panteras enceguecidas.  Después empecé a comprender y así fui hilvanando mis propios pensamientos.  A partir de entonces fueron superponiéndose otras cosas hasta que comenzaron a llegar los primeros rencores, luego vinieron más.  Mis primeros años, los que tenían que haber sido pintados con los más vivos colores, no aprendieron a reconocer más que el rojo, el color de la sangre, el que escapa de las heridas.
Al abandonar la infancia comenzó el breve tiempo de la felicidad, cuando los rechazos fueron superados por una búsqueda de paz.  Mi primera rebelión fue atrapar mi rostro en un marco de pelos libres que dejaba flotar hasta que se enredaban con las nubes.  No pasó mucho tiempo antes de que los animales conversos, que siempre estaban alerta al llamado de la oportunidad de regresar, me raparan.  También me flagelaron varias veces para que aprendiera la lección acerca de la vida que ellos pretendían que viviese.  No lo entendí entonces, ahora sigo igual, tratando de descifrar lo que significa su forma de vida y rebelándome ante las incógnitas que se cruzan en mi camino.  Ese fue el violento principio del final de una sonrisa que se jactaba de no tener más motivos que el expresar sentimientos limpios y abiertos al asombro.  Después el camino fue duro.  En rasgos generales, hasta allí es donde me animo a recordar.
“No tengas miedo, muy pronto estarás como yo que ya no siento nada, ni siquiera el hambre.  Verás, en poco tiempo te darás cuenta que no lleva tanto tiempo que tus carnes se acostumbren al dolor, después todo te dará igual”, me dijo un compañero que creí que sólo buscaba ser optimista repitiendo esas palabras en mi oído, tratando de arrancarme el miedo que se deslizaba sin control por mi piel.  ¿Cómo podía hablar así? ¿No veía el dolor que nos rodeaba? ¿No escuchaba los lamentos interminables de las panteras y las risas dislocadas de los animales conversos que se divertían lacerando nuestros cuerpos desnudos y abiertos? 
Pensé que lo que estaba diciendo el compañero no eran más que palabras comunes para darme consuelo.  Pocos días después, cuando él ya no estaba junto a mí, comprendí que había dicho la verdad; todo era exactamente como él lo había anticipado.  Cuanto más intentaba retener su consejo, más se diluía la intensidad de su gesto.  Muchas veces la belleza de la hermandad tiene grandes necesidades que el aliento olvida.
Voy a confiarle algo que viniendo de mí tal vez le parezca increíble:  aún me maravilla el éxtasis al que me elevan los sonidos de músicas que creo desconocer, tal vez sea porque en ese tiempo que navega sin rumbo por los túneles de mi memoria las escuché y ahora vuelven a mí repitiendo el mismo gozo de entonces.  Pasaron muchos años durante los que sólo podía oír marchas marciales acompañadas de pasos feroces que solamente me provocaban miedos.  Ahora todo tiene música, la conozca o no, hasta mis muertos me cantan cuando consigo doblegar al sueño.
Hoy, igual que cuando los animales conversos me cortaron por primera vez el pelo,  algunas de las panteras jóvenes y muchas de las viejas me acusan porque callo todo lo que quizá esté aún intacto en esos túneles de mi memoria.  No recuerdan, parece que ya se han olvidado que en otros tiempos yo acostumbraba a hablar, a hablar de todo lo que pudiese dejar salir de mi garganta, de las delgadas luchas diarias, de los clientes que protestan en los mercados, de los mecánicos, de las enfermeras, de los albañiles, de las floristas, de las prostitutas; nunca dejaba de hablar.  Siempre hablaba, aunque muchos no quisieran oír nada de lo que yo tenía que decir; era mejor seguir rodando mansamente por la vida.  Mi voz de pantera se sublevaba irradiando rechazos, anticipaciones, escapes.  Era reconfortante escuchar cómo mis palabras rebotaban yendo de oreja en oreja, entregadas, completas, sin límites.  Cada letra que unía daba forma a la más imposible de las esperanzas de las panteras.
Usted lo sabe, lo mismo que todos los demás; al menos espero que muchos lo supongan.  No sé si tal vez fuera por la práctica o quizá por otro motivo al que aún no le he buscado una explicación lógica, pero cuando despegaba los labios y liberaba mi lengua, lo hacía siempre para lanzar el discurso exacto, el que se proyectaba y expandía sobre la impenetrable dureza de los más empecinados de los silencios.
Cuando debía permanecer callado porque no era mi turno o porque las palabras no eran convenientes o adecuadas al momento, hablaba igual, hacia dentro, sin emitir sonidos, a veces  con los ojos y, si debía cerrarlos, la voz escapaba sola de mi cuerpo.  Aun cuando me quedaba estático salía de los movimientos que moldeaban la estructura de los verbos, o de mi respirar que soplaba los artículos y las conjunciones.  Era una fuerza que me desbordaba, incontrolable.  La dejaba que se comportara así; no buscaba controlarla, tampoco me importaba porque desde antes de nacer supe que las palabras son las armas más temidas por el enemigo.  Pero el toque final lo daba mi pelo al sacudirse libre estampando todos los signos necesarios para la puntuación de las frases.
Después el destino quiso que los animales conversos, que esperaban pacientes merodeando entre las sombras, aprovecharan la oportunidad para el asalto.  Cuando ellos comenzaron a regir nuestras vidas, nuestros dolores y nuestras muertes, cada uno de los objetos que me rodeaban comenzaron a llorar un largo llanto.  Fue en vano preguntar “por qué”, pero lo hice tantas veces como pude.  Ni mis labios ni mis ojos se cansaron de seguir buscando respuestas imposibles.  Pronto caí en la red de las zarpas de la noche y, con sus silenciosos golpes, me forzaron a unirme al coro de lamentos. 
Ahora sólo escucho el sonido de otras voces que vienen de lugares a los que ya no podré regresar.  Al derramar mi impotencia sobre la noche, comencé a pagar el precio de mi pelo aprisionado.
Cuando todo comenzó a tambalearse, la desilusión fue más grande que todos los momentos felices que pude haber vivido hasta entonces.  Los colores cambiaron de forma, las luces del día y de la noche fueron apagándose, el cielo se desdibujó y la espontaneidad de mi sonrisa huyó de mi lado porque no pudo soportar tanta tristeza.  Se sintió oprimida por la violencia del llanto y ni siquiera tuvo el valor de despedirse antes de partir.  ¿Habrá sido por respeto o simplemente por vergüenza?
Ya no volví a caminar gritando libremente las verdades de mi tiempo por las plazas, tampoco por los mercados, las construcciones, las calles, los jardines, las riberas de los ríos, los prostíbulos, los hospitales, los cementerios de muertos no anónimos, ni siquiera pude dejar que mi fantasía imaginase el color del purgatorio.  Desde entonces la vida ya no fue más que una simple imitación de lo que en realidad estaba destinada a ser.  Todo fue violencia, almendras amargas y cuartos descoloridos que alguna vez habían tenido un pasado diferente.  Con el trato que los animales conversos me daban a diario me obligaron a olvidar todo lo que había hecho y aprendido hasta ese momento.  Pero nunca pudieron conseguir que llegara a olvidarme de lo único que, a pesar de los infinitos golpes recibidos, puedo ser:  una pantera.
A partir de entonces sólo pude ver las espaldas y los hombros de los misteriosos conductores de esos automóviles que sólo manejan los animales conversos y a sus camaradas que, como ellos, también vestían de negro.  Al menos en otros tiempos el misterio era distinguible porque venía enfundado en uniformes azules; en cambio, cuando llegaron ellos, la cobardía dejó de dar la cara.  Ya no se mostraba con su frente alta, se ocultaba entre las sombras de cualquier ropa de calle, también en trajes de pantera.  Cada miedo al que me fui enfrentando se incrustó en  las paredes de mi garganta hasta que por fin lograron secarla y mi voz ya no pudo volver a fluir como lo había hecho hasta entonces.  Finalmente comprendí que de ese silencio dependía mi salud, que la única fórmula para sobrevivir que tenía a mi alcance era aceptar y acrecentar la carencia de todas aquellas palabras que antes me sobraban.  Hay algunos que sin dudarlo se atreven a llamarme cobarde, pero saben que nunca estuve solo; también están aquellos que hoy levantan la voz para autoproclamarse fieles luchadores de la libertad, de la primera hora, y son los mismos que en aquel tiempo callaron o esgrimieron silencios más efectivos que los míos.
Todos mis sueños huyeron hacia el fondo del recuerdo, a pesar de mis esfuerzos por retenerlos junto a mí; sólo la melancolía sobrevivió en mi cabeza, que se helaba ante tanta falsedad usada para no perder la conveniencia que lograban pagando con sus oídos sordos y sus ojos fuertemente apretados.
¿Quién sabe dónde quedaron mis esperanzas de recorrer islas desiertas con flores brillantes?  ¿Quién sabe adónde fueron a parar los restos del vigor de los ideales de las panteras de mi tiempo?  Tal vez cuando acabe de transitar el recorrido de esta eternidad errante, tanto usted como yo podamos encontrar las respuestas para saber quiénes eran los otros y cómo los hacían caer.
Desde el principio me rebelé; minuto a minuto intenté negarme a cerrar la boca.  Seguí manteniendo mi fe en la confianza para buscar respuestas que nadie me daría.  No me importó golpear cada puerta posible que aparecía en mi camino.  Pero ya estaba atrapado entre los tejidos de las redes de sus zarpas.  Miles de veces me repetí que no dejaría que me secaran la garganta, que lucharía contra mí mismo para mantenerme entero.  Sabía que, aunque lo hiciese con todas mis fuerzas, la historia ya no podría ser igual al destino que nos esperaba más adelante.  Nada  sería parecido a lo que había sido antes, iba a ver caer a muchos de mis compañeros, también a otros a quienes nunca antes había visto hasta entonces. 
Como me  había vaticinado aquel compañero a quien nunca volví a ver, rápidamente mi carne y mis huesos fueron perdiendo la sensibilidad al dolor.  Sólo esperaba una llamada última, superior, una liberación más libre que mi aprisionado cabello.
“¡No, no, no!  No te dejes vencer, aguanta, que se puede”, incitándome a resistir me gritaban con furia algunas voces roncas que estaban apretadas entre la tinta de pilas de papeles resecos que ningún juez llegaría a ver.  Otras, las que ya habían perdido la esperanza y estaban entregadas a la espera del último minuto, pasaban junto a mí, durante unos segundos me miraban con ojos vacíos y luego seguían su marcha seguras de que mis energías pronto estarían tan quebradas como el espíritu de casi todas las panteras que me rodeaban.
Me negaba a aceptar lo que los animales conversos querían inculcarme; no tenía objeto dejar que me doblegaran y borrar para siempre todo lo que había aprendido durante tanto tiempo.  Podían quitarme todo lo material, dejarme tan desnudo como cuando aún no había comenzado a medir el alcance de mis fuerzas, pero nunca iban a arrebatarme el orgullo, que es lo único que todavía me acompaña, el orgullo de haber aprendido el valor del verdadero silencio. 
Dejé que mis ojos también se inundasen de esa misma furia que había visto en algunas panteras y la lancé sobre los animales conversos, que se burlaban de nuestra miseria.  Levanté la frente, afirmé mis garras sobre la tierra y dejé que la amenaza de mis rugidos escapara de mi boca.  Las otras panteras se iban alejando de mi lado porque ellas ya habían aprendido que la rebeldía costaba muy cara.  No pasó mucho tiempo antes de que me hiciesen pagar la afrenta.  Los golpes vinieron de todos lados.  Después hubo más, mucho más, tanto que ya no tiene objeto recordarlo; la realidad supera a toda narración posible, es mejor mantenerla perdida tras la memoria.
Cuando ya no hubo nadie más cerca de mí, me senté intentando rescatar algo de lo que habían dejado de mi cuerpo.  Miré todas las heridas, que se agrandaban cuando posaba mis ojos sobre ellas.  Me abandoné a un largo llanto sin consuelo, y empecé a sentir un dolor tan profundo que mi sangre fue mezclándose con las cenizas de una chimenea que nunca dejaba de lanzar humos negros.  Derramé una lágrima y en mi estómago comenzó a fermentarse un antiguo sabor a pan humedecido en aguas viejas.  Entonces comprendí las palabras de mi compañero; el dolor que sentía ya no provenía de los golpes ni de los otros castigos.  Colgué mis labios del borde de un retrete, también mi lengua, mi memoria y mi garganta:  muchas veces el dolor puede obligarles a que desarrollen peligrosos pies.
A partir de entonces sólo me arriesgué a parpadear cuando todo lo que veía llegaba a ser insoportable.  Siempre tuve presente la posibilidad de que detrás de mí pudiese haber un páramo de animales conversos charlando sobre espacios inconexos que se borran al tomar contacto con el aire.
Mi cuerpo lacerado mendigaba un respiro, la muerte, cualquier cosa, pero ni mi energía ni mi voluntad se quebraban, seguían luchando para mantener al menos una porción de aquel vigor que siempre las había hecho seguir adelante contra todo obstáculo.  Mientras tanto, a mí alrededor, los demás, uno tras otro, iban cayendo.  
No me pregunte nada sobre quiénes eran los que vi caer, tampoco cómo los empujaban lentamente hasta el final, ni qué hacían después con lo que quedaba de ellos.  Tampoco sé por qué no caí yo también, tal vez haya sido porque insistía en seguir siendo.  ¿Ser?  ¿Para qué ser?  ¿Para perder mi condición de pantera y transformarme en una masa de ambiciones, una simple caja para que circule la sangre que llevo dentro? 
Al escucharme pronunciando ante usted estas palabras he temblado como si algo de lo que estoy diciendo hubiese reactivado algunos de mis más oxidados engranajes.  Creo que sería mejor callarme antes de que mi propia imagen logre alcanzarme y después no pueda deshacerme de ella; tal vez, si recobro un pensamiento contemporáneo, alguna de mis ideas consiga cobrar alguna forma.
La inconsciencia sigue negándose a responder a las insistentes listas de preguntas.  En las plazas hay llantos que conmueven hasta que se abren las primeras bocas, pero también hay bocas que se cierran con el frío del plomo al descargar el primer llanto.  Esparcidos por ignotos rincones todavía se pueden encontrar amarillentos retazos de artículos que destilan los sutiles perfumes de ahogadas venganzas que nunca me animaré a llevar a cabo.  La pureza es sorda y se ha convertido en la amiga más entrañable de la desconfianza.
Ni usted ni nadie sabe cuánto me daña seguir oxigenando esta sangre que no logra olvidar la lejana libertad de mis cabellos de entonces.  Tampoco la naturaleza ha logrado entibiar el frío que quedó aferrado a la prisión de mi garganta.  Hace mucho tiempo que he tomado la sana costumbre de presentarme con nombres falsos, pero no niego mi verdadera identidad, sólo la defiendo.  A pesar de que ante usted estoy abordando la posibilidad de ordenar mis ideas, en otras ocasiones este método me ayuda a enfrentarme a los que me rodean, sin tener que preocuparme de responder a muchas de las preguntas que acosan al yo que todavía no he podido rescatar de mis recuerdos.  No sé si el método me sirve o no, quizá sea solamente una fórmula temporal para que el silencio no alcance a enjuiciar mis pequeños placeres.  La grandeza y la inmensidad me dan miedo porque es en ellas donde todo empieza. 
Insisto:  no soy la pantera que habita al borde de los cementerios, aunque debería hacerlo porque allí estaría seguro; los muertos casi nunca hacen preguntas.  ¿Por qué será que nadie apela a su sentido de solidaridad con el dolor ajeno?  No entienden, están ciegos, sordos, llenos de ambición por ser los primeros en oír las palabras que conforman las frases que más se alejan de la posibilidad de recuperar la historia.
No todo es azar, porque ni la causalidad, ni la accidentalidad o lo fabricado para complacer existe, “todo es incidental”.  Cuando los que no creen en mí me gritan, los ignoro; no hay motivo para que deba escucharles, sus palabras son sólo sonidos que no contienen más que aire que se funde con el aire.  A fin de cuentas no puedo olvidar que, en alguna medida y aunque nadie lo cuente, todo nuestro camino ha quedado registrado.  Usted también sabe que algunas historias son tajos profundos, otras son cortes superficiales que, aunque ya se hayan secado, no pueden olvidarse.  Lo común a todos, lo compartido, lo que cada uno de nosotros sabe y reconoce con una primera mirada, son los pasos que nos llevan y nos traen desde otros lugares y tiempos.
De la misma forma que les sucedió a tantas otras panteras, una tarde cualquiera los animales conversos que me habían atrapado me dejaron esperando, y el tiempo descendió sobre aquel pequeño y sucio cuarto.  Por un instante llegué a pensar que se habían olvidado de mí, que me dejarían allí, solo, ignorado por el resto del mundo hasta que alcanzase la solución que permite la muerte, el destino que tenía marcado desde mi anterior eternidad.  Poco después comprendí que no había escape, que debía reaccionar y enfrentarme a los cráteres profundos y rojos que se superponían sobre las paredes.  No era el primero que pasaba por allí con la misma esperanza.  En el silencio que se distorsionaba con los llantos y los lamentos de las otras panteras que estaban en otros cuartos parecidos al mío, creyendo que esa sería la última vez, dejé que el pasado cruzara por mi cuerpo y se fuera proyectando libremente ante mis ojos:  la niñez, la sensación de odios constante que marcó mi educación formal, los juegos, la ternura, las panteras, mi cabello libre.  Pude verlo todo, menos ese dolor que tal vez quedó flotando sobre aquellos techos que, desde el oscuro sótano, nunca logré saber de qué color eran.  Nada de lo que había sido verdad en el pasado podría ya regresar.  Cada día me resultaba más y más complicado unir los trozos de las imágenes dispersas, que insistían en permanecer entre mis confusos recuerdos.
¿Tiene usted idea de cómo habrán hecho mis antepasados para borrar el dolor de sus guerras y seguir manteniendo vivos los recuerdos de los días más duros de la historia que me contaban cuando era pequeño?  Nunca creí que yo tendría que revivir los relatos que poblaron mi infancia.  ¿Tendrá fin esta persecución que ya no registra la fecha de sus comienzos?
Más allá de la humedad de la ventana, la naturaleza entera se mantenía acodada en su calma e ignorancia.  Los animales conversos inventaban fórmulas buscando mantener la artificialidad de sus sonrisas y competían en los más siniestros torneos para que nadie supiese que ya no sabían qué hacer para no dejar de auto estimarse.  Entonces comprendí que había llegado la hora de elegir otros caminos. 
A pesar de que nunca seré el único poseedor de los datos que están encerrados en mi mente, ya no recuerdo cuál es la verdadera distancia que se despliega entre el momento en el que se introdujeron en mí y este presente.
Sé que en algún cambalache del mundo aún deben estar en venta los restos de cabello libre que tuve en el principio de mis tiempos.  Tal vez alguien los conserve ondeando sobre algún techo como una bandera que conversa con los vientos.
Ya le he perdido el miedo a los juicios de las palabras y de los silencios y, lo mismo que las otras panteras, hoy me dejo fascinar por nuevos crímenes.




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