"El Juguete erótico"








Por primera vez desde que terminé el instituto, a pesar de que tenía que conseguir un trabajo urgente, aquel verano sentí que la suerte verdaderamente empezaba a sonreírme. ¡Y eso fue antes de que todo lo mejor empezara a suceder!
Un colega me recomendó al encargado de la limpieza de la residencia de estudiantes.  Uno de los que empleados limpiaban los dormitorios había tenido un accidente de moto, y necesitaban un reemplazante para poder tener todo preparado en dos semanas para los grupos que se instalarían allí durante verano.  Me dieron el puesto temporáneo.  Mi trabajo consistía en fregar los pisos de los cuartos que estaban realmente mugrientos.
Era un trabajo duro y sucio que nunca antes había hecho y, como sólo quedaban dos semanas para tener todo acabado, no había un horario definido.  ¡Joder! al fin del día estaba tan cansado que ni tenía fuerzas para hacerme una miserable puñeta, una costumbre que mantenía constante desde los diez años.  Algunos de los tíos que trabajaban conmigo pensaban que era un besa culos por verme trabajaba tanto, pero como yo no sabía si iba a conseguir otro trabajo al terminar con ese o no, ignoraba sus bromas y aprovechaba todas las horas extras que quisieran darme.  El último día me di cuenta que mi dedicación dio buenos resultados.  El tío a quien yo estaba reemplazando tenía una pierna rota y no podría volver a su puesto por algún tiempo.  Mi jefe me ofreció quedarme a trabajar allí por el resto del verano.  Por supuesto, acepté.
Tal vez muchos pensarían que eso de limpiar pisos para ganarse la vida no era un trabajo muy rentable aunque, para mí, recién salido del instituto, sin experiencia en nada laboral, el puesto era ideal.  Podría juntar algún dinero para viajar, o quizás para pagar el depósito para alquilar un piso para vivir por mi cuenta, o al menos sólo para sentirme independiente.
En la universidad tienen todo tipo de programas de verano, cursos intensivos de español para extranjeros, cocina, deportes, convenciones, congresos, en fin, lo que sea. 
Nadie puede imaginarse el cosquilleo que sentí en mi entrepierna cuando me dijeron que estaba asignado nada menos que a ¡la escuela de fútbol!
A ella asisten jóvenes que vienen de todo el país para pasar tres semanas en cursos intensivos que incluyen clases por la mañana y la tarde, prácticas y también algunos torneos. ¡Los hacían trabajar como esclavos!  Todos los dormitorios apestaban a sudor rancio.  Creo que mi polla estuvo tiesa la tres cuarta parte del tiempo que trabajé allí.  ¡Mi pobre rabo mendigaba por un poco de alivio!  A eso se le agregaba que durante mi turno tenía que ver, por lo menos, dos veces al día a todos esos chicos bañándose y paseándose desnudos por los pasillos, por lo tanto debía ser muy metódico con mi trabajo.  No era fácil tener que currar en medio de todos esos culos redondos y acolchados, o de esas pollas balanceándose de un lado hacia el otro, y las joyas de la familia—algunas cubiertas por una selva de vellos, otras suaves como las cachas de un bebé.  Todo eso era suficiente como para transformar a cualquier maricón en una planta de bombeo.
Pero me contuve bastante bien.  Ya tenía unas cuántas experiencias vividas; había empezado a jugar con amigos de mi edad después de que cumplí los catorce años; tenía una par de colegas “especiales” que siempre estaban preparados para todo, sólo debía llamarlos y ellos acudían al instante.  Por supuesto que, nuestros “experimentos” tenían que ser mantenidos en absoluta reserva.  A veces también visitaba un famoso servicio temporáneo (desaparecido hace ya algún tiempo) que había en el campo de la universidad, donde, invariablemente, ligaba.  También jugaba con algunos chicos de la escuela que, después de emborracharnos, querían follar y al día siguiente se levantaban diciendo  ¡Mierda! ¡Que borracho habré estado anoche que hoy no recuerdo un coño de lo que hice!
Como estaba allí de empleado temporáneo solamente durante el verano, traté de ser lo más discreto que pude.  No quería que un simple momento de calentura me hiciera perder el empleo.  Tampoco tenía ningún interés que alguno de esos chicos comenzara a correr la voz y después me cayeran todos encima, no exactamente porque estuvieran cachondos.  Pero no hacía ningún esfuerzo por controlar mis fantasías.
De toda la carne que había ese verano en los dormitorios, probablemente el ejemplar más destacable de todos, era Jürgen, uno de los instructores, un jugador profesional que habían contratado en Alemania para enseñarles a mover el balón a los españolitos que asistían al curso.  Cada vez que lo veía, con sus pantalones apretados y esa camiseta rayada, podía sentir mi corazón saltando fuera de mi pecho.  Tenía un cuerpo compacto, con un par de piernas con las que pudiera haber prensado a otro tío y romperlo en pedazos como si fuese una nuez.  Sus nalgas eran tan redondas y prominentes que me dejaban sin aliento.  El día cuando le vi por primera vez saliendo de su cuarto, yo estaba pasando la aspiradora.  Él se movía libremente vistiendo nada más que un suspensorio.  Creí que estaba enfrentándome a una visión escapada del paraíso.  Sus cachas parecían dos globos cubiertos por un vello corto y rubio y convergían hacia la selva que nacía en el abismo que le separaba las nalgas.  Y la parte de adelante la tenía cubierta por un tremendo paquete como nunca había visto hasta entonces.
Cuando pasó por mi lado tuve la intención de aspirarle el suspensorio con la máquina, pero me contuve y me comporté como si no pasara nada.  Unos minutos más tarde, cuando tuve la oportunidad, me encerré en uno de los aseos para aliviarme de uno de los casos de acumulación instantánea de leche más difíciles que he tenido en mi vida.
El compañero de cuarto de Jürgen se llamaba Ahmed.  Un marroquí más alto y delgado que el alemán, lampiño, con una suave piel de color café con leche.  La voz de Jürgen  era grave y profunda, pero la de Ahmed poseía ese sonido cantarín que tienen las voces de los marroquíes y que siempre me provoca tanto morbo.  A veces fantaseaba acerca de lo que estarían haciendo los dos solos en su cuarto después de que todos los estudiantes se iban a dormir.  Les imaginaba desnudos, echándose el uno sobre el otro hasta que todo el cuarto olía peor que una caballeriza.  Imaginaba que estaban cogiéndose las pollas y los culos como si no hubiesen visto nada de eso en años, y peleándose por estar arriba cuando en realidad soñaban con estar abajo.
Pero eso era sólo mi fantasía, y estaba seguro de que no tenía nada que ver con la realidad.
Un martes, antes de la hora del almuerzo, me encontré—no por total coincidencia—frente a la puerta del cuarto que ocupaban los dos entrenadores.  Para entonces ya habían terminado con las prácticas de la mañana, pero aún no era hora para que nadie apareciera por los dormitorios. 
No sé cómo lo hice, pero me atreví a abrir la puerta de Jürgen y Ahmed.  Adentro había un tufillo especial que ya conocía muy bien, olor a macho caliente. Ninguno de los dos era demasiado apañado con el cuarto.  Como durante los últimos días el calor había sido insoportable, me pareció extraño que las ventanas y las cortinas estuviesen cerradas.  Justo cuando iba a abrirlas para ventilar un poco la habitación, noté que sobre la cama de Jürgen había un par de calzoncillos blancos.  Estaban enredados con el suspensorio, tirados sobre las sábanas revueltas.  Me detuve en el medio del cuarto casi paralizado ante mis intenciones.  La puerta estaba cerrada.  Nadie aparecería por el lugar antes de media hora, quizá más.  Primero retrocedí intentando alejar mis pensamientos.  Luego caminé directamente hasta la cama.  No podía resistir la tentación.  Los miré.  Vi todas manchas amarillentas que había en el suspensorio, también algunos pelos que estaban atrapados en la tela.  Me quedé observándolos, imaginando lo que ese suspensorio había estado cubriendo unas pocas horas antes.  Podía verlos estirados sobre esa montaña peluda que Jürgen se rascaba muchas veces.  Lo imaginaba quitándoselo, lentamente,  hasta que quedaba desnudo y empezaba a jugar con su rabo, sacudiéndolo, hacia arriba y hacia abajo, como si buscara enfriarse un poco, o montando una escena para llamar la atención de Ahmed, bromeando para ver si lograba poner cachondo a su colega marroquí.
Mi mano derecha ya estaba en mi entrepierna, sobando mi bragueta que podía explotar en cualquier momento impulsada por mi miembro que estaba creciendo apretujado debajo de mis pantalones.  Hacía una hora y media que me había hecho la última puñeta de la mañana, pero en ese momento me invadió un ataque de lujuria como hacía mucho tiempo no tenía.

¡Qué coño!  Nadie aparecerá por aquí en la próxima hora. ¿Por qué no darme el gusto?

Sin dejar de mirar las manchas y los pelos que había en los calzoncillos y en los suspensorios de Jürgen, me abrí la bragueta y saqué mi palo para que él también oliera ese aroma tan especial que flotaba en el cuarto.
Sabía lo que tenía que hacer, pero me movía guiado solamente por el instinto.  Me bajé un poco el pantalón para poder acariciarme las nalgas—¡Oh, sí!—me dije mientras escupía la palma de mi mano y empezaba a acariciarme la polla.  En mi cabeza continuaba proyectando la imagen del entrenador alemán, desnudo, dejando que sus manos corrieran provocativamente sobre la piel de su culo.  Mi atención seguía concentrada sobre lo que estaba entre las sábanas.  Me incliné acercándome a ellos, moviéndome lentamente.  Deslicé mi mano izquierda debajo de la camisa para pellizcarme los pezones.

Sí, Jürgen, pellízcalos.  Pellízcamelos bien. 

Me sentía como si estuviese hipnotizado, como uno de esos viejos dibujos animados en el que yo bien pudiera haber sido el ratón y los calzoncillos y el suspensorio, la serpiente que intenta atraparlo.  De repente sentí que mis rodillas estaban apoyadas en el borde del colchón.  Entonces perdí el control.  Me dejé caer hasta que mi cara quedó pegada sobre ese envoltorio de virilidad, un poco duro, y oliente.  Clavé mi cabeza en ellos aspirando ese aroma mezcla de sudor con pis, y—de eso estoy seguro—semen seco.  Abrí la boca y comencé a chuparles para sentir el sabor de Jürgen y dejar que esos pelitos se me clavaran entre los dientes mientras lengüeteaba esas líneas amarillentas.  Lamí hasta que el suspensorio quedó brillante de tanta saliva.
Me tiré hacia un costado cogiendo la ropa interior con los dientes.  Quedé boca arriba sobre la cama.  Los cogí con una mano y empecé a refregármelos por el pecho.  Mis pelotas ya estaban mendigándome por un alivio, pero yo no quería que mi orgía privada acabase tan pronto.  Para entonces, los pantalones ya me colgaban por las rodillas.  Tenía el dedo índice entrando y saliendo de mi culo.  Volví a meterme los calzoncillos en la boca mientras envolvía el suspensorio alrededor de mi verga.  Estaba alucinando, como si estuviese bien colocado.  Suspiraba sin parar.

Jürgen, Jürgen, Jürgen. . .

-¡Jürgen!-Exclamé al sentir un ruido que venía de la puerta que acababa de cerrarse imprevistamente. 
Allí estaba él, de pie debajo del marco de la puerta, con los brazos cruzados, y los ojos azules encendidos.  En los labios tenía dibujada una sonrisa que no podía distinguir, tal vez cruel, quizá juguetona.  Por un segundo todo quedó detenido, ni siquiera volaba una mosca.  Por dentro intentaba rezar cuanta oración venía a mi mente.

¿Cuánto hacía que él  alemán estaba allí, mirándome?

Estaba tan asustado que ni siquiera pensé en mirarle el paquete para ver si le había crecido mirándome. 
Él murmuró una frase en alemán, y después oí que terminó de cerrar la puerta de un golpe.  De repente estuvo de pie junto a la cama de un solo salto.  Parecía una torre gigantesca desde mi posición.  Traté de levantarme pero él me empujó nuevamente sobre el colchón.  Inmediatamente sentí la fuerza de sus rodillas presionando sobre mis hombros.  Cogió los calzoncillos y el suspensorio con una mano y los levantó a la altura de su cara de dios nórdico.
-Te gustan, ¿no es cierto? 
Luché intentando zafarme.  Él cogió mis dos brazos con una sola mano y me dio una sonora bofetada.
-Así es, te gusta.  Y como parece que a ti te gusta mucho, ¡entonces voy a darte lo que estás buscando!
Aún no me había recuperado de mi sorpresa ante su llegada cuando él ya estaba metiéndose el dedo gordo por el elástico del calzoncillo para bajárselo.  Y de un sólo golpe su enorme polla teutona saltó quedando a un milímetro de mi cara.  No era tanto lo larga, pero ese rabo era el más grueso que había visto.  La punta era casi tan grande como el puño de un niño y las venas parecían tuberías que palpitaban como si fueran un cohete listo para despegar.  No podía creer lo que estaba viendo. Jürgen empezó a refregármela sobre los labios.
-Chúpala bien, guapo.  Chupa una verdadera polla alemana. 
Abrí la boca y, por un momento, tuve ese cañón apuntándome directamente hacia mis ojos. ¡Dios mío! ¡Era un aparato monstruoso!  Después, sin avisarme, Jürgen me la enterró hasta la garganta de un solo golpe.  Creo que se me inflaron las mejillas y empecé a lagrimear.  Era como si estuviese tragándome un puño entero.  Me la sacó un poco, pero sólo por un momento, inmediatamente volvió a metérmela.  Esta vez la enterró con tanta fuerza que la garganta se me contrajo y me ahogué.  La sacó para que pudiera respirar y volvió a clavármela más profundo que antes.
Esa vez logré tragar un poco de aire y me la aguanté.
Me dio la lenta y metódica follada bucal que estaba deseando.  Mi garganta estaba a su merced.  Él golpeaba mis amígdalas como nunca me las habían golpeado hasta entonces.  Me dolían las mandíbulas por tener que abrir tan grande la boca para poder tragar semejante instrumento, un instrumento que parecía crecerle y ponerse más caliente con cada nuevo golpe.  Una vez tras otra, mi nariz quedaba aplastada contra su vientre haciéndome sentir su vello bañado en transpiración, ¡sudor de futbolista!
Creí que estaba alucinando.  Chupaba ese mástil como si mi vida dependiese de ello.  Tal vez no me equivocaba.  Le hacía cosquillas con la lengua.  Me lo tragaba como si mi boca fuese una aspiradora.  Trabajé duro para demostrarle las virtudes que poseía en ese campo.  Cada vez que sus bolas me golpeaban contra el mentón, sentía una vibración recorriendo todo mi cuerpo.  Mi rabo amenazaba con empezar a escupir toda la leche que estaba pugnando por salir.
La follada bucal que había estado dándome hasta ese momento, fue profunda y precisa pero, en el mismo instante cuando sentí que su verga comenzaba a lagrimear dentro de mi boca, empezó a empujar con más fuerza que antes.  Miré hacia arriba y vi que Jürgen echaba  la cabeza para atrás.  Pude admirar cada uno de los músculos de su pecho endureciéndose como piedras.  De sus labios escapó un grito de guerra vikingo.  En ese mismo momento sacó su rabo de mi boca.  Mi cara fue cubriéndose de semen mientras él caía sobre mí refregándomela por toda la cara.
Pasó un minuto, luego otro y otro más.  Yo seguía inmóvil, sin decir una sola palabra.  Me sentía exhausto.  Por más que hubiese querido moverme no habría podido porque tenía todo ese cuerpo alemán sobre mí.  Jürgen estaba bañado en sudor y respiraba como si hubiese corrido detrás del balón los noventa minutos sin descansar.  Finalmente empezó a moverse.  Sentí como su polla iba despegándose de mi cara mientras él se ponía de pie.  Y allí estaba, enfrente de mí, desnudo.
-La chupas muy bien, chaval-dijo, mientras buscaba una toalla para secarse la cara-Desnúdate ,ahora.
No sabía muy bien qué debía hacer.  Me quedé quieto por unos momentos.  Él no me había  insultado, ni me golpeó, ni siquiera estaba enojado por encontrarme chupando su ropa interior.  Al contrario, me había dado algo con lo que yo soñaba todo el tiempo.

¿Y ahora?  ¿qué sucederá ahora?

-Ahora quiero que te desnudes-me dijo sin vacilar, sabiendo lo que buscaba de mí.
Me quité los zapatos, los vaqueros y los calzoncillos casi al mismo tiempo.  La camisa ya la había perdido en la batalla anterior.
-No estás nada mal-Jürgen me miraba estudiándome de arriba abajo, después sonrió y me dio una palmada en las nalgas-Ven aquí-dijo mientras me cogía por un hombro y me llevaba con él hacia el sillón de su escritorio-Esperaremos a que llegue Ahmed-agregó, mientras se sentaba-Por ahora te daré de comer, creo que estás hambriento.
Levantó las piernas y las puso sobre el escritorio, al mismo tiempo deslizó su cuerpo hasta que el culo le quedó colgando del sillón.  Cuando vi eso creí que me desmayaría.  Nunca había enfrentado una imagen semejante:  los muslos marcados de músculos, las nalgas cubiertas de vello, los huevos cayéndole entre las piernas, su polla aún blanda apuntando directamente hacia abajo y, casi perdido entre su cuerpo y el asiento, pude ver la oscura línea de su raja que fue abriéndose hasta mostrarme el brillante capullo de rosa que se le formaba en el agujero del culo.
-¡Arrodíllate y come!-dijo, casi ordenándome, con un tono más firme que antes.
Me hinqué enfrente de él y empecé a chuparle suavemente una de sus nalgas, después la otra.  Podía sentir el olor a transpiración rancia que manaba de su raja.  Mi lengua comenzó a moverse en círculos alrededor de su culo hasta alcanzar a rozarle los huevos, también se le pasaba por la punta de la polla que ya estaba poniéndose tiesa nuevamente.  No podía dejar de succionar por todos lados.  Estaba completamente entregado a adorar su cuerpo.  Él gemía de placer.
-¡Come!-ugió cogiendo la parte de atrás de mi cabeza y hundiendo mi cara en las profundidades de su gran cañón. 
Tragué una buena bocanada de aire y sentí que alcanzaba el nirvana.  Después de haberle saboreado el culo una sola vez, supe que había hallado la manzana perfecta.  Jürgen movía el trasero sin parar, de arriba hacia abajo y de un lado al otro refregándolo sobre toda mi cara, y yo lo respondía como un esclavo debe responderle a su amo.
Durante casi media hora bañé con mi lengua ese delicioso culo rubio, blanco y peludo.  Mordisqueaba levemente esos glúteos de granito, le daba lengüetazos en los huevos y, a veces, me metía uno en la boca, luego el otro, después los dos juntos.  Mi cabeza se movía como si estuviese desarticulada, y mi lengua exploraba todos los sitios posibles.  Cada vez que miraba su polla la veía endurecerse y crecer hasta que finalmente llegó a convertirse en una roca.  Mil veces recorrí esa raja, desde su nacimiento hasta la entrepierna y nuevamente hacia arriba, dejándosela más limpia que cuando era un recién nacido.  Reemplazaba la humedad de su transpiración con el brillo de mi saliva.  Con cada lengüetazo podía sentir como me raspaba la cara toda su maravillosa pelambre.
Y, por supuesto, pasé muchos de esos minutos mamando su arma letal que no dejaba de llorar lágrimas blancas y pegajosas.  Cuando me di cuenta que lo que a Jürgen más le gustaba era que pasara mi lengua alrededor del agujero de su culo, empujé mi cara contra sus nalgas y succioné con tanta fuerza como si estuviera buscando sacarle los intestinos hacia fuera.  Acariciaba ese agujero con tanta pasión que casi podía decirse que estaba sacándole lustre.  Mi lengua entraba y salía como si mi boca estuviese arrojándole dardos.  Él no dejaba de hablar; usaba el lenguaje más morboso que yo había oído, y era mejor aún cuando decía palabras en alemán que yo no entendía pero que me ponían más salvaje aún.
De pronto se levantó y me empujo sobre el suelo.  Se sentó sobre mi cara y clavó su culo de atleta en ella, más abierto que antes, buscando con más ansiedad los deleites que le provocaba mi lengua.  Mientras tanto, yo jugaba frenéticamente con mi rabo, pajeándome como un animal y apretándome las bolas para no correrme.
En ese momento se abrió la puerta del cuarto.
Allí estaba yo, en el suelo, debajo de Jürgen, el rubio futbolista alemán escapado de un sueño erótico, que usaba mi cara como un trono.  Sus pelotas calientes y comprimidas apretaban mi nariz.  Tenía la mitad de mi lengua perdida dentro de su agujero rosado y sedoso, dándole lo que tanto le gustaba.  Mi polla estaba tan tiesa como una vara de fuego.  Seguramente la suya estaría  partiendo el aire que la rodeaba.

¡Qué momento para que entrase su compañero de cuarto!

Ni bien escuché que se abría la puerta intenté escurrirme de abajo de Jürgen.  Pero él me mantuvo allí aplastando sus nalgas con más fuerza sobre mi cara, haciendo que toda esa selva rubia que lo cubría me impidiera ver lo que estaba sucediendo.
-¡Sigue comiendo!-volvió a ordenarme. 
Yo, como un obediente esclavo, comí.  Largué una bocanada de saliva en medio de esa raja carnosa y enterré mi lengua dentro de su culo, lo más profundo que pude.  Sentí que el teutón cogía mis piernas por debajo de las pantorrillas y que iba separándolas y levantándolas hasta que quedé completamente abierto, con el agujero de mi culo desplegado como una bandera al viento, apuntando directamente hacia la puerta.
-Hola, Ahmed-su voz salió como un ronco gemido.
Escuché que la puerta se cerraba.  Jürgen movió su culo hacia ambos lados y lanzó otro gemido como el anterior.  Yo seguí haciendo mi trabajo lingual como si estuviese ignorando todo lo que sucedía.  Primero oí pasos que se acercaban.  Luego sentí que una mano caliente acariciaba mis nalgas; primero una, después la otra, muy suavemente, apenas rozándolas, casi sin tocarlas.  Ese primer contacto me hizo temblar.  Retiró sus manos e, inmediatamente, noté que un dedo estaba recorriendo mi raja y haciéndome cosquillas en el agujero.  Mi lengua se enterraba más y más en el culo de Jürgen, la clavaba con la más salvaje de todas las lujurias. 
Pude oír a Ahmed sonriendo.
-¡Bueno, esta vez sí que tenías razón!-dijo, con una voz casi metálica, muy marroquí.  Era la voz de Ahmed, la misma que me ponía tan cachondo cuando le escuchaba hablar mientras limpiaba los pasillos de los dormitorios-¿Vale la pena?
-Puede hacer cualquier cosa que le ordenes-dijo Jürgen, con un tono casi brusco-No le queda otro remedio, ¡si no lo hiciera estaría en apuros!
-Alemanes, ¡vosotros sois siempre tan autoritarios!-respondió Ahmed, con un tono casi burlón.
Jürgen sonrió entre dientes-Esto les encanta a los jóvenes españoles, ¿te habías dado cuenta ya?-dijo, mientras refregaba su culo con más fuerza contra mi cara. 
Yo seguía devorando ese manjar como si fuera la primera vez que comía en varios meses y, mientras más me llenaba la boca con ese culo teutónico, mi polla se ponía más y más tiesa. 
-Le gusta recibir órdenes. ¿Quieres ponerlo a prueba?
Sentí que el dedo de Ahmed ponía más presión sobre mi agujero. 
-Seguro. 
Su dedo entró completo, hasta que la mano rozó mis nalgas.  Por un momento me quedé sin aire.  No podía hacer nada, sólo atiné a respirar hondo y continué  comiendo el culo de Jürgen.  Mis piernas no dejaban de bailar en el aire.
-No, no, no.  No te apures tanto, Ahmed; he sido yo quien lo encontrado, y seré yo quien lo folle primero-dijo el alemán, al tiempo que se levantaba de golpe.
Miré hacia arriba y, desde el suelo,  pude verles a los dos juntos:  Jürgen, peludo, rubio, blanco y fornido; Ahmed, lampiño y de piel muy suave, de color chocolate, con una figura de mimbre.  Los dos con las pollas empalmadas, necesitadas de toda la atención que pudiese darles, lo que ambos realmente se merecían.
-Está bien.  Es lo justo.  Pero antes quisiera que me cuentes cómo fue que lo encontraste-respondió Ahmed con un suspiro de resignación.
Jürgen sonrió, y volvió su cabeza hacia la cama donde aún estaban sus calzoncillos y su suspensorio.  Los dos, al mismo tiempo, estallaron en sonoras carcajadas.
-Mordió el anzuelo-dijo, Jürgen-Cuando entré estaba chupando mi ropa interior.  Me dio pena.  Pensé que el pobre chico debía tener hambre.  Entonces, como soy una buena persona, decidí darle una verdadera comida para alimentarlo un poco.  Después hice que me lavara bien.  Y te aseguro que sabe perfectamente cómo hacerlo-Jürgen se reía pasándose el canto de la mano por la raja.  Pero ahora voy a follarlo, y le echaré el polvo que se merece.
-Desnudo se le ve aún mejor que con ropas-sonrió Ahmed agachándose y cogiéndome por el hombro.  Él era mucho más suave y cortés que Jürgen-Ven aquí-se sentó en el sillón y me hizo arrodillar enfrente de él-Muéstrame lo bueno que eres para chupar, quiero confirmar lo que Jürgen me ha contado.
Su polla era larga, una de las más largas que jamás haya visto, pero no era tan gruesa como la del alemán.  Su tamaño me tenía hipnotizado.  Como estaba circuncidado la punta le colgaba afuera de la piel, rosada como una fresa escapando de una barra de chocolate.  Tenía los pantalones cortos bajados hasta las rodillas, el suspensorio colgando hacia un costado, muy húmedo, con una mancha oscura en el frente.  Su transpiración tenía un olor fuerte donde se mezclaba lo rancio natural con la suavidad de algún perfume muy delicado.
-¡Chúpamela!-dijo, con un tono muy tierno-Acércate más y tómala entre tus labios.
No tuvo que pedírmelo una tercera vez.  Si el tratamiento rudo de Jürgen me había puesto más cachondo que un perro en celo, la súbita dulzura de Ahmed hacía que me derritiese como un cubo de hielo bajo el sol del verano.  Deslicé mis labios por ese magnífico trozo de carne oscura, completamente convencido de que le daría la mamada más maravillosa que el marroquí hubiera recibido en toda su existencia.  Mi lengua recorrió delicadamente la punta de su verga prestándole buena atención al agujero que coronaba la punta.  Después, gradualmente fui maniobrando hacia el tronco, lamiéndole la piel que lo cubría.  Creo que tenía algunos restos de leche pegados, seguramente estarían allí desde su última puñeta.  Los fui limpiando todos, uno a uno, hurgando alrededor de la cúspide de su virilidad que aún estaba un poco escondida debajo de la piel.  Con los labios y los dientes fui empujando esa hermosa corona hasta que conseguí bajarle toda la piel y dejar el tronco descubierto.  Ahmed no dejaba de gemir ni de suspirar.
Jürgen estaba de pie junto a nosotros, mirando en detalle, masajeando su gruesísima polla que parecía estar más tiesa que antes.  Murmuraba incomprensibles palabras en alemán que, por el calor del momento, no resultaban muy difíciles de descifrar.  Mientras tanto, yo, el centro del espectáculo, seguía adorando la verga de Ahmed; tragándomela hasta sentir los pelos cosquilleando en mi nariz, chupándosela, jugando con ella dentro de mi boca, estirando deliberadamente el tiempo para gozar más de todo ese placer que me regalaba el destino.  La polla de Ahmed parecía seguir creciendo.  Con cada embate de mi lengua se hacía más y más larga.  Sentía su respiración rozando mi frente; cada vez que exhalaba, sonaba como un silbido del viento en la noche.  Finalmente, me concentré cuánto pude, relajé mi garganta, y todo ese rabo marroquí se perdió dentro de la oscuridad húmeda de mi boca.
-¡Oh, sí, sí!-suspiró Ahmed empujando mi cabeza hacia su polla con mucha suavidad, casi  acariciándome el cabello.
No sé cómo lo hice:  me la tragué infinitas veces, me llegó hasta sitios más profundos que a los que había llegado la de Jürgen, probablemente más allá de lo que cualquier otra había llegado en mi garganta.  Se deslizaba y se movía empujando para llegar más lejos aún.  Me sofocaba, pero luché para retenerla dentro de mi boca sin que me provocara arcadas.  Los ojos se me llenaron de lágrimas.  Mi corazón galopaba fuera de control.  Tenía la nariz llena del rico aroma que emanaba de la entrepierna del marroquí.  Me relajé mucho más pronto de lo que esperaba.  Él volvió a empujar su polla y esta vez fue más lejos que en todos los intentos anteriores. 
De pronto, aún con el pedazo de carne de Ahmed clavado en mi garganta, noté que había un par de manos cogiéndome por las caderas y levantándome el culo en el aire.  Un leve toque en los tobillos me indicó que debía separar las piernas.  Obedecí sin oponer resistencia, gozando con la cara hundida en todo lo que colgaba de la entrepierna de Ahmed.  Estaba doblado y con el culo bien abierto, más alto que mi cabeza, temblando deliciosamente con sólo pensar en todo lo que estaba recibiendo de esa gloriosa verga importada de Marruecos.  Las manos de Jürgen estrujaban mis nalgas, las abrían, las separaban, jugaban adueñados de ellas,  acariciándolas y pellizcándolas.  Después oí como se ensalivaba los dedos y empezaba a clavármelos en mi pozo de placer.  Primero uno, luego dos.
-¡Oh, sí! ¡Chúpame! ¡Sigue chupándomela así, chaval! ¡Nadie me ha dado tanto placer antes que tú! ¡Eres fantástico!-gemía Ahmed.
-¡Hmmm!  Tienes el culo bien cerrado, se ve que no ha tenido demasiado uso todavía-El duro acento alemán de Jürgen tornaba mi culo en una masa de carne salvaje. 
Empuje mis nalgas contra esos dedos mágicos mientras seguía gozando y llenando de placer a esa banana del norte de África. 
Jürgen empezó a darme algunas palmadas en las nalgas—suaves, metódicas, con precisión teutónica.   La mano iba cayendo cada vez con más fuerza sobre mi culo.  Jürgen era algo despiadado con él.  Las nalgas ya me ardían.  Pero no me importó, continué chupando apasionadamente el rabo de Ahmed que me servía de mordaza para no gritar porque ya las palmadas del alemán comenzaban a dolerme.  Si no hubiese estado tan cachondo me hubiera puesto a gritar, pero con ese maravilloso chocolate marroquí en la boca, era imposible. 
La combinación de la ternura que Ahmed me daba por la boca, y el abuso que Jürgen descargaba sobre mi culo, era mágica, lo más ardiente que había conocido, nunca antes soñé con semejante escena, ni con ser el protagonista de la misma.
-¡Fóllalo, Jürgen!  ¡Fóllalo como sólo tú eres capaz de hacerlo!-murmuró Ahmed-¡Ábrele el culo bien grande al chaval!
Los dedos del alemán se separaban como tijeras dentro de mí, estirando los tejidos hasta donde podía hacerlo, abriéndome tanto los labios del culo que en ese momento pudieran haberme clavado dos pollas al mismo tiempo. . . , ¿dos pollas al mismo tiempo?  No, eso era imposible. 
De pronto Ahmed me cogió por las orejas y mantuvo firme la punta de su rabo más allá de mi garganta.  Jürgen me soltó el culo, pero sólo por un momento.  Por los ruidos que escuchaba comprendí que estaba calzándose un condón.  Después sus dedos jugaron alrededor de mi agujero mientras lo llenaba de lubricante.  Volvió a ponerse de pie detrás de mí.  Menos de un segundo más tarde creí que iba a partirme en dos.  Nunca había tenido una polla tan gruesa abriéndome el culo.  Si alguien me hubiera dicho que alguna vez me sucedería algo así, me hubiese echado a reír hasta caerme al suelo de risa. 
Mi trasero aullaba como si estuviesen partiéndolo en dos.  Hubiese querido gritar, pero con la boca tan llena como la tenía no era posible.  Si bien mi agujero había sido satisfecho muchas veces antes, hacía tiempo que no había experimentado con semejante arma letal, y no recordaba qué debía hacer para seguir adelante.  Pensé que mis incesantes espasmos estarían al punto de cortársela al alemán.  Mientras me contorsionaba tratando de acomodarla dentro de mí lo mejor posible, me di cuenta que todavía no me la había enterrado toda ¡sólo tenía la punta del rabo dentro del culo!

¿Podría llegar a tragármela toda?

Sentí que Jürgen empujaba con más fuerza que antes, toda su salchicha comenzaba a desaparecer dentro de mi agujero como si fuese el Titanic partido en dos y hundiéndose hasta llegar al fondo del océano.  Las manos del alemán se aferraban con firmeza sobre mis caderas moviéndolas a su antojo.  Mientras tanto, las del marroquí se mantenían rígidas detrás de mi cabeza para que mi boca hiciera lo que él quisiese que haga.  No había nada que yo pudiese hacer o decir, sólo disfrutar el momento pues sabía que algo semejante nunca se llegaría a repetir; no todos los días podemos tener el culo taponado por una de las pollas más gruesas que se hayan visto, saboreando, al mismo tiempo, esa súper barra del mejor chocolate producido en Marruecos.  Por un momento pensé que iba a desmayarme.  Pero, inmediatamente después, todo el dolor desapareció.  Creía que ese cuarto era la antesala al jardín del edén. 
Muy lentamente pero con un ritmo que era casi como una coreografía perfectamente calculada, los dos empezaron a empujar sus pollas contra mis orificios—Jürgen por el de salida y Ahmed por el de entrada.  Mis manos se aferraban con fuerza de las nalgas del marroquí, podía sentirlas ondulándose cada vez que embestía contra mi garganta.  No podía creer que tenía semejante habilidad y que, hasta entonces, ¡nunca me había dado cuenta!  Al mismo tiempo, por el otro lado, la peluda entrepierna del alemán resonaba como un eco golpeando mi cachas ya enrojecidas—entraba y salía, entraba y salía, y nunca se cansaba.  Yo estaba flotando en la estratosfera, atrapado entre esos dos atletas, tal como lo había imaginado y como lo soñaba hasta que el sueño llegó a ser realidad.  Y ellos estaban locos de placer también, disfrutando cada segundo de todo lo que mi cuerpo les ofrecía.  Escuchaba la respiración agitada, enloquecida, casi furiosa de Jürgen que no dejaba de partirme el culo en dos; gimiendo, suspirando, casi aullando como un lobo en noche de luna llena, presionando su vientre contra mi culo para que su gruesa salchicha se deslizara toda sobre la suavidad de mi agujero y sacándola como si buscase que yo mendigara para que volviera a clavármela. Cada vez que levantaba los ojos veía la cara de Ahmed transfigurándose cada vez que sentía que su sable raspaba contra mi garganta, mi ansiosa garganta hambrienta.
No podía decidir qué era lo que realmente quería:  que los dos eyacularan al mismo tiempo, en ese mismo instante, o no.

Correrse o no correrse, esa es la cuestión. 

La ilusión de que la leche caliente de mis dos entrenadores saltara a la vez dentro de mis dos orificios mágicos para entrar y mezclarse en el punto medio de mi cuerpo, me hacía alucinar.  Pero no, realmente no quería que todo acabara tan pronto, quería seguir siendo el juguete erótico de esos dos futbolistas por todo el tiempo que fuera posible. 
Sentía el cuerpo dormido, pero feliz, como si estuviese bien colocado.  Era tal mi estado eufórico que pensaba que estaba alcanzando el más alto nivel de las filosofías orientales.   Las palabras más güarras, las que nunca figurarían en el diccionario de la Real Academia, se repetían en mi mente sin cesar.  Me imaginaba lavando sus suspensorios con mi lengua todos los días, manteniendo sus cuerpos limpios con mi saliva, chupando sus calzoncillos hasta dejarles brillantes.  Aunque, en realidad, en esos momentos, todo lo que quería era ser el instrumento de placer que los dos entrenadores estaban usando.  Ése era el pensamiento que superaba a todos los demás.
Jürgen sacó toda su polla dejando mi culo vacío, implorando para que volviera a  enterrármela lo más pronto posible.  Cada vez que lo sentía castigar mi próstata temblaba estremecido, como si hubiese metido los dedos en un enchufe.  Y, al mismo tiempo, mi boca vibraba succionando el rabo de Ahmed hasta tragarme también los vellos que le rodeaban.  No podía ser más salvaje.  No podía ser mejor.
-¡Ponte de rodillas!
Creí que iba a llorar.  De repente las dos pollas estaban fuera de mis cavernas. La garganta me ardía.  Tenía el culo como una hoguera.  Pero nada me importaba, sólo quería que me las volvieran a meter, lo más rápido posible. 
Jürgen me empujó para que abriera más las piernas, y los dos futbolistas empezaron a refregarme su entrepierna por la cara al mismo tiempo.  Yo las recibí como si nunca hubiese visto una—la marrón, brillando cubierta con mi saliva, y la blanca todavía impregnada del lubricante del condón que recién se había quitado.  Pasé la lengua por una, luego por la otra, después por las dos, sí, eso es lo que hubiera querido, poder tragarme las dos al mismo tiempo.  Con una mano me acariciaba el culo, mientras que con la otra tironeaba de mis bolas haciendo que mi polla bailara en el aire como si fuese una antena lujuriosa.
Apresuradamente, Ahmed sacó su rabo de mi boca.  Pensé que iba a correrse, que me bañaría con toda la crema caliente que saldría de su súper barra de chocolate.  Me prendí con mayor fuerza aún de la polla de Jürgen.  Empecé a chupársela como si fuese la última vez que iba a tener una en mi boca.  El alemán me levantó cogiéndome por los sobacos, pero cuidando de no sacármela de la boca.  Me hizo mover unos pasos más adelante.
-¡Siéntate-me ordenó con todo su autoritarismo teutónico.
Al mirar hacia abajo vi que allí estaba Ahmed, acostado en el suelo, blandiendo su espada en el aire como si que mi culo se acercara a ella para partirlo en dos.  Mientras Jürgen me empujaba para que me sentara en ese trono digno de un rey, Ahmed desenrollaba un condón, su polla parecía un helado de chocolate cubriéndose con nata.  De pronto sentí que la punta empezaba a acariciar los aterciopelados labios de mi agujero hambriento.  Me moví lentamente, manteniendo firme esa maravilla que comenzaba a penetrarme, deslizándome más y más abajo, sin detenerme ni un sólo segundo, buscando que esa anaconda que había llegado hasta los lugares más inexplorados de mi garganta hiciese lo mismo con mi recto.  Cuando sentí que los vellos de Ahmed raspaban contra mis nalgas, lancé un grito—más de placer que de dolor—y la salchicha de Jürgen saltó de mi boca.  El alemán se quedó enfrente de mí mostrándome como se la acariciaba.  Aún la tenía cubierta con la humedad de mi saliva que se mezclaba con las gotas de semen que empezaban a saltarle por la punta como si fuesen lagrimas turbias.  Tampoco dejaba de admirar cómo mi culo cabalgaba como el mejor de los jinetes sobre la polla de Ahmed.  
Otra vez había alcanzado la más alta plenitud del éxtasis.
De repente sentí la mano de Jürgen cogiéndome por el cuello, haciéndome girar mientras seguía empalado con el sable de Ahmed partiendo mi culo en dos y, finalmente, quedé cara a cara con el marroquí que alzó sus brazos y fue acercándome hasta que nuestros pechos quedaron uno sobre el otro.  Por un momento temí que su polla escapara de mi culo, pero enseguida recordé su tamaño; había demasiado chocolate dentro de mí, no podía escaparse tan fácilmente.  Hizo que me inclinara un poco más sobre él y, finalmente, sentí el calor de sus labios apoyándose sobre los míos.  Ahmed me besó como pocos lo habían hecho; una vez, otra, y una tercera, cogiendo muy fuerte mi cabeza, como si quisiera meterme entero dentro de su boca. 

Pero, ¿dónde estaba Jürgen?

En ese momento—cuando Ahmed tenía su lengua hurgando apasionadamente por todos los rincones de mi boca, y con todos los incontables centímetros de su polla de chocolate buceando en las profundidades de mi recto—empecé a preguntarme si a partir de entonces el alemán sólo miraría la escena haciéndose la puñeta hasta explotar en una lluvia de goles blancos que caerían sobre su compañero y sobre mí, su nuevo juguete erótico que estaba ensartado en la lanza más grande que había salido de Marruecos.
En ese mismo instante pude ver dónde estaba el alemán.  Lo imposible se transformaba en realidad.
De pronto sentí una fuerza increíble presionando contra mi agujero.  Una penetración que me trituraba.  Una exploración ancha y profunda. 

¡Dos pollas al mismo tiempo! ¡Van a enterrarme esas dos armas letales juntas!

Estos no eran esos rabos normales que uno puede encontrar en cualquier esquina.  Tenía algo de experiencia, no demasiada, y no sabía si mi culo estaba preparado para aguantar tanta carne junta.  La anaconda marroquí ya la tenía enterrada quién sabe hasta dónde.  Y el entrenador alemán ya estaba cubriéndose la polla por tercera vez con un nuevo condón, preparándola para hacerme conocer (y sentir) la más alucinante de todas las experiencias que hasta entonces jamás se me hubiera ocurrido que llegaría a vivir:  enterrarme en la más húmeda de mis cavernas su inmenso armamento junto con el de Ahmed.
Intenté decir algo, moverme, negarme, cualquier cosa.  Pero no podía: Ahmed me mantenía firme con todo el poder de sus brazos, y la presión de su sable batiéndose contra mi agujero continuaba creciendo descontroladamente.  Me dolía hasta enceguecerme.  No tenía escape.  Jürgen seguía empujando sin piedad.
-¡No! ¡Por favor, no! ¡No! ¡Ahhhh! 
Las palabras escaparon de mi boca con un sonido ronco, medio de dolor, medio de placer.   Pero ya estaban los dos dentro de mí.  Tenía los labios del culo más abiertos que lo que nunca soñaron que pudieran llegar a abrirse y, mientras yo me retorcía intentando relajarme, las dos vergas entraban y salían juntas sin darme tregua.  Era increíble, un placer de otra galaxia.  Ninguna de las palabras que decía tenían sentido; ignoro que fue lo que dije durante esos primeros momentos pero, más o menos dos minutos después, sólo podía escuchar mis roncos gemidos.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Más! ¡Quiero más!
Sus pollas reptaban dentro de mí raspándose una contra la otra envueltas por mi culo que ya se habría dilatado en una circunferencia de más de ¡doce centímetros!  ¡Dos miembros entrando en mi culo juntos, simultáneamente, como si fuesen uno solo!  Aunque mi mente seguía en blanco, todo mi sistema nervioso estaba recargado, pero no por ideas o simples pensamientos.
No pude aguantar las constantes y violentas embestidas contra mi próstata y me corrí por primera vez.  Toda mi leche saltó sobre Ahmed; una línea tras otra de jugos pegajosos y brillantes empezaron a surcar el centro de su pecho estrellándose como sogas, gruesas y consistentes.  Pero mi rabo siguió tan tieso como antes, sabiendo que en cualquier momento llegaría una segunda explosión. 
Finalmente Jürgen comenzó a empujar febrilmente.  Podía oír cada uno de sus incesantes embates contra mis nalgas: ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF!, y todo lo que yo podía hacer era cabalgar y gemir mientras esas dos lanzas me ensartaban con más y más energía convirtiéndome en un nuevo San Sebastián.  Mi agujero palpitaba sin descanso.  Cada vez que se comprimía, las sensaciones hacían que el estómago me saltara hasta casi escaparse de mi boca.  Después Jürgen lanzó un incomprensible grito triunfal en alemán y mi cuerpo se retorció estallando en un enjambre de espasmos .  Aullé como si fuese un oso cayendo en una trampa.  Sacó su grosísima polla, se arrancó el condón y se corrió sobre mi culo y mi espalda.  Las gotas de su semen caían como una lluvia torrencial sobre las piernas de su compañero que, casi al mismo tiempo, y para entonces ya dueño absoluto de mi agujero, empezó a hacer los preparativos para su ataque final.  Unos diez segundos después, sentí las contracciones de la verga de Ahmed que bramaba fuera de control, mientras su semen saltaba como una ametralladora.  Pensé que la fuerza de ese géiser en erupción haría que el condón se agujereara.
Ninguno de los dos había terminado de correrse completamente cuando mi rabo ardiente escupió una nueva descarga que voló como una lengua de fuego.  Sin perdida de tiempo, cogí las pollas de mis dos amantes, y volví a sentarme sobre ellas; me las tragué como si fuese algo que había practicado desde la infancia.  Mi leche saltaba como una catarata estampándose sobre los tres, sobre la alfombra y también sobre algunos muebles.  Después, caí sobre el pecho de Ahmed como cae una marioneta a la que le han cortado los hilos, y sentí que las dos pollas empezaban a deslizarse desacoplándose de mi culo. 
No sé cuánto tiempo pasó.  Creo que debo haberme quedo dormido, o tal vez me desvanecí por unos minutos sin que nadie se diese cuenta.  Cuando estuve consciente otra vez, lo único que sentía era el agujero de mi culo que iba cerrándose  lentamente, volviendo a su tamaño normal, si es que eso fuera posible después de semejante experiencia.  Estaba en el suelo, con los ojos apenas entreabiertos, como si estuviese saliendo de un sueño.  Las voces de Ahmed y de Jürgen llegaban hasta mis oídos como desde otro mundo, pero pude escuchar claramente lo que decían.
-Podemos usarlo todo el verano, será fácil.
No sé, tal vez él no quiera hacerlo de nuevo.
-¿Qué importa si quiere o no?  Tendrá que hacerlo o de lo contrario perderá lo mejor de su empleo.
-Tal vez pierda demasiado tiempo con nosotros, y no pueda cumplir con sus obligaciones, podrían despedirle por eso.
Tendrá que trabajar más duro.  Además, ¿quién va a protestar porque los cuartos no estén limpios como deben estar?  Si alguno de los muchachos se queja, podemos mandarlo a que le haga ‘una limpieza especial’.
-Quizá el que proteste pueda ser ese muchacho de Murcia-oí que Ahmed dijo, sonriendo con cierta picardía.
-¡Sí!  Esa polla parece estar muy necesitada de recibir ‘un entrenamiento particular’, ¡es el más grande de todos los rabos que hay en los alrededores!-respondió Jürgen, también riendo.
-Tal vez mañana lo traiga aquí después de la práctica para que tengamos una profunda conversación.
Me aseguraré de que nuestro nuevo amigo esté presente también, y lo haremos trabajar duro.
Mientras ellos planeaban mi futuro, yo me hacía el dormido.  Sabía de cuál de los chicos estaban hablando; era un murciano rubio que nunca hablaba, alto y lampiño, varias veces en las duchas me había fijado en él, no sólo porque era muy guapo, pero también porque tenía una polla que le colgaba casi hasta las rodillas.  Tal vez también trajeran a sus compañeros de cuarto: un morito al que nunca podía dejar de admirarle el paquete, y que cada ve que nos cruzábamos me sonreía sospechosamente, y un asturiano que estaba buenísimo y que en las duchas les daba a todos con la toalla por el culo.  Y también los que dormían al lado. . . .  Se me hacía agua la boca pensando en todas las posibles perspectivas.
Los cursos de verano continuarían otras tres semanas, más que tiempo suficiente para que Ahmed y Jürgen compartieran su juguete erótico con todos sus alumnos.
Sonreí triunfal.  ¿Qué más podía pedir?  Un buen curro, pasta en el bolsillo, y satisfacción a cada paso, ¡jamás lo hubiera pensado cuando fui a pedir el trabajo! 
El entrenador alemán y el marroquí iban a mantenerme muy ocupado durante el resto del verano ahora que era su juguete erótico particular.

©O. Sabino, 1999


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