de La Máquina del Placer
La máquina de placer
©O.Sabino, 2001
Mi nombre es Javier.
Soy un chapero profesional.
***
Hace algún tiempo leí en algún lado un artículo de un sociólogo norteamericano—creo que su nombre era Alfred Kinsey—que afirmaba que el problema con los prostitutos es que somos holgazanes. No sé de cuáles prostitutos estaría hablando, o si ese tío tenía puta idea de lo qué es estar en esta profesión. Muchos, como ese sociólogo, dicen que es fácil. Pero se equivocan. Por lo menos para mí es un trabajo muy duro.
El más básico de los requisitos para ser un buen chapero, es ser joven. Algunos, no muchos, nos mantenemos en buena forma hasta ya bien entrados los treinta años. Los que se especializan en el sadomasoquismo pueden seguir hasta más allá de los cuarenta. La mayoría de los clientes sólo paga por carne fresca, por un jovencito que parezca “el chico de al lado”, o que tenga el aspecto amenazante de un macho bruto, bien chulo, uno de esos que los pone nerviosos cuando están paseando por las calles del Rastro. La juventud no es solamente un simple asunto de aspecto. He leído, también en alguna revista, que los tíos alcanzamos la mayor potencia sexual alrededor de los diecisiete años. Lo que significa que a esa edad se nos pone tiesa una vez tras otra sin ningún problema. Con el pasar de los años, después de correrse varias veces, uno no ya puede ordenarle a la polla que vuelva a ponerse tiesa y que continúe trabajando como lo hacía antes.
Algunos chaperos que se especializan en ser pasivos. Para ellos no es tan importante empalmarse o no. Pero no es lo más común. La mayoría de los tíos que nos llaman buscan ser follados y quieren recibir exactamente lo que esperan. El dinero siempre es quien lleva la voz cantante. Y, aún así, cuando los clientes son quienes la meten, siempre quieren vernos con el rabo tieso, es como una señal de que estamos gozando con lo que nos hacen, no importa la posición, ya sea que se la estemos chupando o que nos estén dando por el culo, da igual. Y eso es algo que se torna más y más difícil a medida que pasan los años.
A los chicos que quieren entrar en la profesión siempre les recomiendo lo mismo: ¡que su carné venga con fecha de vencimiento!
No sólo eso. Si un chapero quiere tener fama, éxito y ganar verdadera pasta en esta profesión, siempre debe mantener su buen aspecto. Lo que significa que hay que ir, por lo menos, dos horas por día al gimnasio. En estos tiempos los clientes esperan encontrarse con un tío musculoso, bien formado, parecido a los que aparecen en las revistas. No digo que uno deba ser Mister Universo, pero hay que tener un buen pecho, bien formado, el estómago plano como una tabla, nalgas firmes y redondas, piernas casi de futbolista.
Además del ejercicio constante, por supuesto, también hay que invertir pasta en buenos jabones, champú, crema de enjuague, y demás cremas para mantener la piel limpia y joven. Los que son velludos, o bien salen a venderse como tales, o sino tienen que depilarse los pelos de la espalda, o del culo con ceras, o hacérselos eliminar con tratamientos de láser, que cuestan bastante caros.
Todos los detalles deben ser bien estudiados para triunfar en como chapero. Claro que todo debe hacerse moderadamente, con mucho cuidado del detalle. Tampoco uno puede producirse tanto que al final se vea afeminado. Nada de eso. Al contrario. Hay que cuidarse, pero nunca olvidar que el cliente siempre quiere comprar un macho, no una imitación, alguien especial, pero al mismo tiempo natural. Un chapero es una máquina de placer.
Aún si uno es joven tiene que tener sus horas de descanso. No se puede llevar la misma vida que hacen otros chavales. Eso de salir a bailar todas las noches y acostarse cuando sale el sol, pronto empieza a reflejarse en la cara. ¡Y ni hablemos de cómo repercute sobre la labor diaria!
Muchos piensan que para ser un buen chapero todo es cuestión de saber echarse un polvo, o dejarse chupar la polla y, ¡a otra cosa! No. No es así. Un buen profesional, como yo, debe mantener una buena dieta, cuidarse con la bebida y, sobre todo, mantenerse alejado de las drogas. No hay nada más patético que un chapero que esté enchufado en algo y que folla para pagar su adicción. Esos tíos llevan la palabra “víctima” escrita en todo el cuerpo. Cuánta mas droga necesitan, más baja su valor en el mercado, y tienen que prestarse a hacer cualquier cosa que les manden, solamente para comprar más de esa mierda.
Obviamente hay que evitar las enfermedades. No me refiero solamente a lo obvio como el VIH, a los herpes, la sífilis, o cualquier otra venérea, también está la posibilidad de pillarse una hepatitis, o una gripe, o un simple constipado que puede dejarnos fuera de circulación por unos cuántos días. Después, antes que uno pueda darse cuenta, los clientes regulares lo sustituyen por algún competidor, y se pierde una entrada segura.
Finalmente, además de tener un óptimo estado físico, demostrar buena salud, y estar siempre presentable, también hay que ser un actor de puta madre. Uno puede encontrarse con un cliente que tenga casi su misma edad, alguien que aún esté en el armario, apurado por la culpa que lo persigue, con miedo, nervioso, o que sea casado, un tío que parezca cualquiera de los que podemos ver sentados en sitios públicos como “La sastrería”, o “La Troje”, o los que vemos por las noches bailando en “Refugio”, o ésos con los que nos cruzamos en un banco o en cualquier oficina pública. En una palabra, un simple tío de todos los días.
Aunque, hablando con franqueza, hay que reconocer que la mayoría de los clientes que nos llaman son los que pueden pagar el servicio que les damos: tíos mayores, o gordos, o nada guapos. Y, ¡atención! ¡Que no estoy criticando cómo sean! ¡No tengo nada en contra de ellos! ¡Al contrario! ¡Son los mejores clientes! ¡Los que mejor pagan y los más estables! Son generosos, me tratan bien, y siempre acaban dándome las gracias por el buen rato que les hago pasar y, generalmente, también una buena propina. Aún si es un tío calvo, pesa 150 kilos, tiene un ojo de vidrio, y cojea, yo lo hago sentir como si fuese Antonio Banderas, y lo convenzo que me muero de ganas por romperle el culo. A nadie le gusta sentirse, ni que lo hagan sentir, feo. Son muchas las ocasiones cuando cumplo con el antiguo dicho: “Cierra los ojos y ¡hazlo por la patria!” Especialmente cuando estoy al punto de dársela por el culo a un tío de más de setenta años.
Como es evidente, no soy ningún improvisado. Ni menos aún un gilipollas. Me gusta leer de todo, voy mucho al cine, también cuando puedo voy al teatro, a conciertos, y también a la ópera (muchas veces mis clientes me llevan de “acompañante oficial”) Todos los meses le envío dinero a mi madre que está en Huelva, y tengo un decente balance que crece en mi cuenta de ahorros. Con el tiempo, cuando me retire, me gustaría abrir algún tipo de negocio--quizá una tienda de ropa, tal vez una librería. En cualquier parte, no necesariamente tendría que ser en la zona donde vivo: Chueca...
En mi profesión (lo considero así y me califico de “profesional”), siempre se vive una que otra historia que queda grabada en la memoria por mucho tiempo. A veces puede ser algo absurdo, quizá una sorpresa, algo inesperado, desagradable a veces, otras algo divertido. A pesar de todas las bocas, los culos, las pollas que tengo que ver por semana, hay momentos que me impactan, que tal vez hasta llegan a cambiar mi visión del mundo.
Y, justamente esta mañana, me sucedió algo así.
***
Sencillamente, odio los días de niebla, fríos y lluviosos de noviembre. Cualquiera pensaría que son días buenos para mi profesión, pero no, al contrario, son los peores. Cuando afuera está borrascoso muchos tíos no tienen ganas de buscar alguien que los folle. Prefieren quedarse solos en sus casas, leyendo, viendo la tele, escuchando música, y si se ponen cachondos miran un vídeo, y juegan con un consolador. No se toman el trabajo de llamar a un chapero. Se las arreglan solos. En cambio la primavera es el mejor período, el más productivo. Todo el mundo tiene ganas de huir del encierro del invierno pasado, y la excitación se puede oler en el aire.
Esta mañana estaba pensando que debía ponerme en marcha e ir al gimnasio para hacer mis ejercicios diarios. Sería alrededor de las once, y ya tenía que haber salido hacía un buen rato. Estaba preparando mi bolsa con la ropa y la toalla, casi a punto de salir, cuando sonó el celular.
“¿Diga?” Pregunté poniendo mi voz comercial.
Se escuchó una larga pausa. No corté porque podía oír el ruido del tráfico y una respiración un poco agitada. ¡Joder! Pensé. ¡Algún cliente asustado que me llama desde la calle!
Finalmente escuché una voz muy suave, temblorosa, casi de nena. “¿Javier?”
Hubo una nueva pausa.
“Sí, soy yo ¿Qué puedo hacer por ti?” Le dije, con un tono un poco duro. Ya empezaba a pensar que podía ser alguno de esos que buscan sexo en el teléfono.
“Lo llamo porque vi su aviso en las páginas del ABC”.
Me gusta publicar avisos en el ABC. Es como una provocación. La mayoría de mis mejores clientes me llaman por esa publicidad. Además, me da un pequeño placer pensar que cosecho la mejor clientela entre los lectores un periódico tan conservador y tan católico.
“¿Cuánto cuesta su servicio?”
¡Bueno! Me quedé más tranquilo. Por lo menos no era una pérdida de tiempo, ¡era una llamada de negocios!
“Qué prefieres: ¿que yo vaya a tu casa o tú vienes a la mía?”
Nuevamente la pausa. O estaba asustado, o no entendía. Volvía a repetirle. “¿Qué tipo de servicio prefieres, quieres que yo vaya a tu casa, o vienes tú a mi casa?”
Esta vez respondió instantáneamente. “¡No! ¡No! ¡Voy yo a la casa de usted!” Sus palabras temblaban casi con un toque de pánico. Le dije el precio. Había algo, un acento extraño que me indicaba que no era la voz de un español. Pero no podía precisar de dónde era ese acento. Hablaba bien pero, además del miedo evidente, dudaba mucho antes de decir cada palabra. Y usaba un tono demasiado formal, parecía estar forzando lo que decía.
“¿Dónde vive, usted?” Preguntó.
Le di la dirección y le indique cómo llegar. Me dijo que podía estar en mi casa en unos diez minutos.
“Está bien. Te espero en diez minutos. Hasta entonces”
Acomodé un poco la casa. Ya que tenía que esperar aproveché el tiempo para dejarla algo más presentable. Cada vez que tengo un nuevo cliente, inevitablemente me hago las mismas preguntas: ¿Cómo será? ¿Qué estará buscando? ¿Cuánto tendré que actuar para dejarlo satisfecho? Me imaginé que éste quizá fuera algún tío inglés que estaba en Madrid por negocios, de unos treinta y algo de años, quizá casado, probablemente un padre de familia que buscaba chuparse una buena polla española. Sería un asunto de unos veinte minutos. Media hora cuánto más. Con un poco de suerte iba a poder estar en el gimnasio antes del mediodía.
Exactamente diez minutos más tarde sonó el timbre. Bajé a abrirle la puerta. En mi edificio ninguno de los vecinos tiene problemas con que yo atienda a mis clientes en casa. Por supuesto, la mayoría son maricones. Y a algunos gays les provoca mucho morbo tener a un chapero por vecino.
Afuera se había largado a llover muy fuerte. Una verdadera tormenta. Desde la escalera podía escuchar las gotas de lluvia golpeando contra el pavimento. Abrí la puerta, y no pude creer lo que vi...
¡Era un chaval! ¡No! ¿Qué estoy diciendo? ¡Un chavalín! Y era ¡absolutamente hermoso! Estaba completamente empapado. Su ropa chorreaba agua por los cuatro costados. Parecía que recién saliese de una piscina a la que se había metido totalmente vestido.
Aún así, todo mojado, con los cabellos pegados a la cabeza y el agua goteándole por las pestañas y la nariz, era uno de los chicos más lindos que he visto en mi vida.
Tenía la piel muy blanca, pálida, sin un sólo rastro de barba. El cabello casi blanco de tan rubio, y era muy delgado. Sentí algo de miedo; en realidad el chaval no aparentaba tener más que unos quince años.
“¿Javier?” Preguntó, con la voz más temblorosa que antes.
¡Sí, soy Javier! ¡Pero ven, ven! ¡Rápido! ¡Entra! ¡No te quedes allí debajo de la lluvia! Le dije cogiéndolo por el hombro y empujándolo para que no siguiera mojándose.
Cuando cerré la puerta me di cuenta que el chaval estaba temblando, y no era solamente de frío. Sentí algo de lástima, pero también me enterneció. “¡Vamos! ¡Sube! Necesitas secarte un poco, o te vas a enfermar”.
Cuando llegamos a mi piso, se quedó junto a la puerta, casi en la entrada, como si no se animase a cruzar el umbral. Estaba formándose un charco de agua a su alrededor.
“Vamos, ¡entra! ¡No te quedes allí! Ve al servicio, quítate la ropa y te secas” Casi le ordené “Estás empapado. ¿Te apetece que te prepare una taza de té?”
¡Jesús! Me escuché diciendo eso y ¡sonaba como si fuese mi madre!
“Sí... Muchas gracias... Javier...”
Mientras estaba sacándose la ropa le preparé un té de menta en el microondas. Cuando estaba revolviéndolo le escuché que salía del servicio.
“¡Estoy en la cocina!” Le avisé.
Me di vuelta, y allí estaba el chaval, cubierto con una toalla envuelta alrededor de la cintura. Tenía algo apretado en una de sus manos.
Yo he visto muchos tíos desnudos, no solamente en mi trabajo, también en los bares, en las saunas, o en el gimnasio, pero mirando a este chaval sentí que la chorra me saltaba dentro de los pantalones.
Parecía un adolescente. Muy delgado. Pero tenía un cuerpo hermoso, bien proporcionado, con un poco de vello dorado, suave como la piel de un durazno que se le escapaba por debajo de los brazos y alrededor del ombligo. Sus ojos azules me miraban con una mezcla de miedo y de ansiedad.
“Ven. Bebe esta taza de té. Te hará entrar en calor”. Le dije.
Se acercó y cogió la taza con la mano izquierda, un poco torpemente.
“Primero tengo que darle esto”. Dijo, estirando la mano derecha.
Sobre la mesa de la cocina dejó un montón de billetes mojados. Todos billetes chicos, y también ¡algunas monedas! Obviamente había contado varias veces la cantidad exacta de la tarifa que le había dicho por teléfono.
¡En fin, macho! Me dije. ¡Esta vez no habrá propina!
“Esta bien, gracias. Pero siéntate, no te quedes ahí de pie”.
Se sentó. Luego empezó a beber el té que le había preparado. Pasó más o menos un minuto sin que dijéramos nada.
“¿Eres extranjero, no?” Le pregunté, buscando entablar un poco de conversación. El chaval estaba muy nervioso, casi asustado.
“Sí”. Respondió, con una voz muy suave. “De los Estados Unidos”.
“¡Que bien!” No sé cómo no me lo había imaginado antes. “Yo estuve en Miami hace dos años. Pienso ir a conocer Nueva York el año que próximo”.
“Yo soy de un pueblo de Nebraska”.
¡Nebraska! Eso sonaba tan lejano. Lo único que sabía de Nebraska es que era uno de esos estados perdidos en el medio de Estados Unidos, y también que hay un café con ese nombre en la Gran Vía.
“¿Y qué estás haciendo en Madrid?”
Todavía seguía hablando sin mirarme, escondiendo los ojos en la taza de té. “Soy un estudiante”.
“¡Ah, que bien! Estudias en el Instituto Internacional, seguramente, el que está en Miguel Ángel, cerca de la glorieta de Rubén Darío”.
Levantó los ojos y me miró aterrorizado. Lo había descubierto. Me reí.
“No me mires así, que no voy a ir a contarle a tus profesores”. Le dije, calmándolo.
Al menos con esa información ya sabía que el chaval tenía más de dieciocho años, ¡nadie podría acusarme de estar corrompiendo a un menor!
“¿Cómo te llamas?”
“Billy”.
¡Joder! ¡Billy de Nebraska!
“Ven conmigo. Vamos a la habitación”.
Billy se puso de pie y comenzamos a caminar hacia la puerta. Desde atrás pude ver que aún seguía temblando, pero no era por el frío. Era evidente que tenía los sentimientos mezclados, algo así como una combinación de nervios y de pánico. Estiré la mano y la puse sobre su hombro. Se detuvo. Congelado.
“Ven. Vamos, chaval”. Le invité, con una sonrisa. Billy se dejó conducir hacia el cuarto.
Me senté en la cama, enfrente de él.
“Bueno, Billy, ¿qué quieres que hagamos?”
La pregunta lo cogió por sorpresa. Pareció confundirlo aún más. Como si estuviese esperando que yo tomase todas las decisiones.
“No estoy seguro”. Respondió, agachando la cabeza.
“¿Quieres empezar chupándomela? ¿Que te folle directamente? ¿Prefieres que te coma el culo antes?”
“Sí... No sé... Tal vez... No sé... Lo que usted diga...”
En ese momento comprendí cuál era la realidad de la situación. ¡Ese chaval nunca había estado con un hombre! ¡Dios mío! ¡Billy de Nebraska nunca se había acostado con un tío aún! ¡Era virgen!
Para un profesional como yo, una situación como esta es siempre un poco incómoda. No me gusta perder el tiempo sacando a alguien del cascarón. Pero otra de las habilidades que hay que tener en mi profesión, es la de actuar un poco como sicoanalista con el cliente.
Sentí que la polla me raspaba contra los calzoncillos. Un americano virgen. . . Un chico de Nebraska, tal vez criado en un cortijo, o en un pequeño pueblo, viviendo ahora en una gran ciudad, lejos de su casa, y con la firme determinación de descubrir cómo es el placer del sexo entre dos hombres.
“Primero, Billy, deja ya de tratarme de usted. Que no soy tanto mayor que tú”. Le dije, buscando calmarlo. “Dime, ¿has hecho esto antes?”
El chico tenía el mentón clavado en el medio del pecho. “No”. Respondió, con una voz tan baja que apenas pude escucharlo.
***
Me puse de pie enfrente de él.
“Bien. Entonces pienso que tendré que hacer que esta sea una experiencia muy especial para ti”
Creo que por primera vez me miró directamente en los ojos. El labio inferior le temblaba como las alas de una mariposa en pleno vuelo.
“Sí... Por favor..., Javier...”
Ya no me quedaba ninguna duda, tendría que ser yo quien manejara absolutamente toda la situación. Le acaricié el cabello que todavía estaba húmedo. De pronto me invadió una inusual ola de calidez y ternura. Nunca fui particularmente tierno, ni con mis clientes ni con nadie, es mi naturaleza. Pero por algún motivo este chaval me hacía sentir completamente distinto.
Sin dejar de mirarlo en los ojos puse presión sobre su cabeza llevándolo hacia abajo, hasta que su cara quedó enfrente de mi bragueta.
“Quiero que acerques la nariz y me huelas, por un minuto, Billy. Nada más que eso, para empezar”.
Él cumplió la orden sin que tuviera que repetírsela. No bien apoyo la cara en mi entrepierna, sus manos se afirmaron sobre mis nalgas empujándome hacia él. Respiraba muy agitado, casi jadeante.
“Te gusta, ¿no es cierto, Billy?”
“¡Sí! ¡Sí, Javier, me gusta. . . !”
Lo dejé hacer por un momento. Me daba cuenta que tenía que ir más despacio que de costumbre. Pero estaba disfrutándolo--algo que muy pocas veces me sucede, casi ninguna--gozaba el calor de su boca contra mis pantalones.
Bajé una mano hasta donde tenía la toalla.
“Déjame quitarte esto”.
Su cara no se inmutó. Levantó el culo para que pudiera sacársela, y la arrojé a un costado. Desnudo era más guapo aún. Por el costado pude ver que la polla tiesa se destacaba en su cuerpo. Parecía bastante grande, aunque probablemente sólo fuera de tamaño normal y su físico la desproporcionaba.
Comencé a abrirme la bragueta.
Billy suspiró. Empujé su cabeza por un momento para poder bajarme también los calzoncillos hasta las bolas. Mi rabo quedó apuntando directamente a su boca.
“Pruébala. Empieza a chuparla”. Le pedí.
¿Probarla? ¡Joder! Billy abrió la boca tan grande como pudo e, inmediatamente se la tragó hasta hacerme sentir el fondo de su garganta.
Se ahogó y comenzó a toser sofocado.
“¡Despacio, chaval!” Le indiqué. “Primero el capullo, después la cabeza. No te la tragues toda de golpe. Así no podrás gozarla. Lo único que conseguirás será ahogarte”. Le empujé nuevamente.
Movió la cabeza dándome a entender que había comprendido. Lo sentía temblar más que antes. Empezó a pasar su lengua por todos lados, casi enloquecido, como si estuviera explorando cada milímetro de mi chorra.
“Es..., es..., es hermoso...” Murmuró entre suspiros.
Después puso sus labios alrededor del capullo y fue deslizándolos hacia abajo.
Por ser un chaval que nunca antes había chupado una polla, Billy aprendía a hacerlo muy rápido. Ni siquiera pasaron dos minutos antes que la tuviese otra vez clavada en la garganta. Su cabeza subía y bajaba, y un hilo de saliva le colgaba desde el mentón. Al mismo tiempo su mano sacudía su chorra incesantemente.
Sentí el calor de la leche que se me empezaba a acumular en los huevos. ¡Y ni siquiera estaba desnudo aún!
En una ocasión normal, no hubiese tenido ningún inconveniente. Cuánto más rápido se corren, ¡mejor! más clientes puedo atender. Slam, Bam. Thank you, ma’am, como dice la canción de David Bowie. Pero hoy estaba preparado para un día casi de descanso y, además, Billy me ponía realmente cachondo...
“Espera un momento, chaval”. Le ordené, quitándole el chupete de la boca.
“¿Qué sucede? ¿Es que estoy haciéndolo mal?” Me miró con los ojos llenos de pánico.
Sonreí sacudiéndole el cabello.
“No, al contrario, Billy, lo haces muy bien. Sólo te detuve para que nos pongamos más cómodos antes de corrernos”.
Mis palabras parecieron calmarlo un poco.
“¡Oh! Sí, sí. Por supuesto. Disculpa. . . ”
“No hay nada que disculpar, chaval. Eso sí, será mejor que dejes de sacudírtela, o todo va a terminar antes de que realmente comencemos”. Sonreí. “Échate en la cama y mira como me quito la ropa”.
Se acostó desnudo. Decidí hacerle un pequeño strip-tease. Muy lentamente fui quitándome la camisa y la dejé caer hacia atrás. Después los zapatos que pateé a un costado. Me la acaricié y luego la rodeé con mi mano cogiendo también mis bolas. La moví cortando el aire. Hacía mucho tiempo, quizá demasiado, que no me daba tanto placer estar empalmado. Me di vuelta y, con un dedo, subí el elástico de mis calzoncillos por la raja para después ir dejándolo caer mostrándole mis nalgas. Miré hacia atrás. Vi que por fin tenía la cara sonriente. Le guiñé un ojo y me pasé la lengua por los labios. Él dejó escapar una sonrisa. Terminé de quitarme los calzoncillos, los tiré hacia cualquier parte y me acosté a su lado.
“¿Estás mejor ahora? ¡No tienes que estar tan serio, tío! ¡Verás que vamos a pasarla muy bien!”
Me estiré sobre la cama hasta quedar con la cabeza sobre la almohada. Di unas palmadas sobre la sábana, a mi lado, indicándole que se acercara a mí. Quedamos el uno junto al otro.
Nos mirábamos. Hubo una larga pausa.
“Javier... Javier, ¿puedo. . . ? ¿Puedo. . . besarte?”
Normalmente, en mi profesión, besar a un cliente no es algo que figure entre las prioridades. Solamente beso si pagan el precio, o si realmente tengo ganas de hacerlo. Y eso no sucede muy a menudo. Pero con Billy no tuve dudas, quería hacerlo.
No le respondí. Me di vuelta. Puse mi cara junto a la suya. Lo cogí por el mentón y comencé a pasarle la lengua por los labios. Él, un tanto temeroso aún, hizo lo mismo. Y de pronto, casi sin darnos cuenta, estábamos besándonos. Sus manos me acariciaban todo el cuerpo. Las mías se mantenían aferradas a sus nalgas. Todavía no se las había visto bien, pero podía sentirlas: suaves, firmes, redondas, pequeñas, ¡llenas de lujuria!
Durante los minutos siguientes todo lo que hicimos fue explorarnos. No sólo con las manos, pero con todo el cuerpo. Billy me tenía rodeado con sus brazos y refregaba su pecho contra el mío. El roce de nuestra piel producía un sonido como el del viento cuando acaricia la hierba. Uno de sus pies subía y bajaba por mis piernas, y nuestras pollas se golpeaban como dos espadas en plena lucha. Cada vez que mis manos rozaban sus nalgas, Billy se estremecía. Uno de mis dedos lo penetró más allá de los labios de su agujero. ¡Dios mío! ¡Nunca había sentido un hoyo tan estrecho! No me quedaba ninguna duda: el chaval jamás había sido penetrado. En ese momento lanzó un gemido, se aferró de mí con más fuerza que antes, y comenzó a cubrirme de besos. Estaba ardiendo.
Le acaricié besándolo hasta dejarlo sin aire. Billy estaba totalmente fuera de control. Tenía la piel erizada y reptaba moviéndose como una serpiente. Me apresaba el miembro entre las piernas. Besaba mi cuello y mis hombros. Sus dedos rasgaban el aire, o se enganchaban entre mis cabellos.
Me gustaba sentir esa nueva energía que el chaval acababa de descubrir en él . Pero la experiencia me decía que debía mantener la situación bajo control. Estábamos moviéndonos demasiado rápido. Saqué mi dedo de su agujero y, lentamente, fui empujándolo con suavidad hasta dejarlo una vez más tendido a lo largo de las sábanas.
Tragó una gran bocanada de aire. Tenía la polla tan tiesa, tan roja, casi morada, palpitándole, le golpeaba contra el vientre. Me di cuenta que el chico no iba a aguantar demasiado tiempo así antes de correrse.
“Billy, ¡estás yendo a mil kilómetros por segundo! ¡Desacelera un poco la moto, chaval!” Le dije, pellizcándole la mejilla. ¡Dios! Nunca me había gustado tanto un tío. “¿Quieres correrte así, chupándomela?”
Me miró completamente desolado.
“¿Es que no quieres follarme?” Preguntó, casi con miedo.
Me quedé pensando un momento. Cuando me di cuenta de que era virgen, supuse que querría que las cosas fueran dándose paso a paso. Pero Billy estaba decidido a aprender a gozar el sexo entre hombres lo más rápido que pudiese.
Pasé mi mano por detrás de su cuello y le miré en los ojos.
“Pues, sí, guapo. Me encantaría follarte. Sólo quiero que estés seguro de que quieres hacerlo”.
“¡Sí! ¡Por favor!” Dijo, casi lloriqueando. “¡Por favor, Javier! ¡Necesito que me folles! ¡Ya mismo! ¡Estoy seguro! ¡He juntado mi dinero sólo para eso!”
No podía creer lo que estaba escuchando. Nunca había vivido una situación tan tierna. Me incliné y le besé en la frente.
“Está bien, Billy. Si eso es lo que quieres, así lo haré”.
Abrí el cajón y saqué el lubricante y los condones. Después acomodé a Billy en el centro de la cama. Cuánto más le miraba, más hermoso me parecía el chaval.
Pensé que si debía desvirgarlo, probablemente la mejor manera sería poniéndolo con las piernas en el aire. De esa forma no sólo podría abrírselo bien, pero también vería su cara para saber si estaba lastimándole, y cargarme más el morbo mirando como gozaba. Cogí sus piernas, las levanté y las abrí como si fueran un par de alas.
¡Por favor! ¡Lo que estaba viendo era un espejismo! Su agujero se abrió como una luna naciente. Esas nalgas de bebé recién nacido, pálidas y cubiertas de una pelusa dorada, parecían dos tentadores melocotones abiertos en el medio del verano. Entre medio de ellos tenía un poco más de vello, pero era casi imperceptible de tan rubio. Y, en el centro, en la parte más profunda, la más cerrada, tenía el agujero más rosado y pequeño que he visto en toda mi vida.
No pude contener la pregunta. La vanidad era más fuerte que yo. Una vez más necesitaba estar seguro que sería el primero para todo lo que iba a sentir ese culo.
“¿Nunca te han comido el culo antes?”
“No. Nunca estuve con nadie, Javier. . . Esta es mi primera vez. . .”
Tenía las bolas pequeñas de tan comprimidas, y unas gotas de leche le chorreaban desde el capullo y brillaban sobre su vientre.
“Bueno, chaval. Ahora vas a probar lo que se siente, pero. . . ”, agregué, con un tono más severo. “Quiero que cruces las manos detrás de tu cabeza para que no te tientes. No te permitiré que te corras mientras esté follándote”.
Sacudió la cabeza e hizo lo que le acababa de ordenar.
“Sí. Como tu digas, Javier, Okay”.
Mi lengua se zambulló embistiendo contra ese culo maravilloso. ¡Qué agujero! Creo que hasta hoy nunca se la había chupado de esa manera a ninguno de mis clientes. Muchos de ellos me lo chupan (claro que para eso tengo una tarifa especial) Para la mayoría de los tíos chuparme el culo es lo más excitante que pueden hacerme. Pero yo sólo se lo he chupado a los que realmente me gustan. No a cualquiera. Ni siquiera por un precio. Y Billy realmente me interesaba.
El chaval estaba alucinando. Empecé a lamerle las nalgas y después le pasé la lengua por la raja, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. De pronto le planté los labios en ese maravilloso agujero que estaba esperándome, y empecé a saborearlo como pocas veces lo había hecho. Sus pies pateaban el aire y aplastaba el culo contra mi cara con más y más fuerza.
“¡OH! ¡Yes! ¡Por favor! ¡Yes! ¡Go ahead! ¡Please, Javier!”
Billy estaba tan excitado que las palabras escapaban de su boca en los dos idiomas al mismo tiempo.
Mi saliva le corría por la raja y goteaba sobre las sábanas. Me di cuenta que, sin pensarlo, ya no era él sino yo quien en ese momento había empezado a sacudirla peligrosamente.
Despegué los labios que tenía aferrados en ese agujero único, y empecé a poner presión con uno de mis dedos. Él se relajó por un instante. Mi dedo le traspasó el esfínter perdiéndose en el calor de las paredes de su recto.
Billy lanzó algo parecido a un chillido que pronto fue convirtiéndose en un suspiro de placer.
“¡Oh! ¡Javier! ¡Please, fuck me! ¡Fuck me like a man, Javier!”
Cuando lo escuché diciendo esas palabras pensé que en cualquier momento podía correrme. Si para entonces Billy, el chavalín de Nebraska, estaba ya completamente entregado al placer, yo era ya un esclavo de la lujuria.
Cogí el lubricante y cubrí generosamente ese agujero que se abría y se cerraba palpitando ardientemente. Después volví a deslizar un dedo en su interior para que estuviese bien lubricado. Él sacudía la cabeza hacia ambos lados, completamente entregado al gozo que estaba viviendo por primera vez y que hacía tanto tiempo había esperado conocer.
Me puse el condón y apoyé la punta ardiente de mi miembro en medio de sus nalgas que hervían como las aguas de un volcán. Eran dos fuerzas enfrentándose. Y las dos iban a triunfar.
“Tienes que ser muy macho, Billy”. Susurré, mirándole a los ojos. “Esto te dolerá un poco. La primera vez siempre duele. ¿Sabes? Pero luego te gustará y comenzarás a pedir más”.
Billy abrió sus ojos azules, muy grandes, se le escapaban de las órbitas. Me miraba con una expresión de absoluto deseo. En su cara podía leer cuánto había estado anhelando la llegada de este momento. Lo imaginé en su pueblo, lejos de todo, mientras los chicos de su edad andaban buscando a las chicas, y él los espiaba después de las clases de gimnasia en la escuela, o fantaseando con follar con uno de sus profesores, o masturbándose por las noches mientras soñaba con el vecino de al lado.
“¿Estás preparado, guapo?”
Él contestó afirmativamente, sacudiendo la cabeza.
Empecé a ponerle presión. Con mucha suavidad. No quería dañarlo. Muy lentamente. A medida que iba penetrándolo mis ojos se movían de sus nalagas a su rostro y viceversa. Me preocupaba y, al mismo tiempo, me provocaba mucho morbo ver el dolor reflejándose en su cara. Pero a él no le importaba, estaba dispuesto a todo para perder su virginidad. Se mordía los labios y su cara se transfiguraba contorsionándose con muecas que intentaban esconder el dolor. Mecía la cabeza hacia ambos lados. Apretaba los puños fuertemente contra el respaldar de la cama. Por un momento pensé que se echaría a llorar.
“¿Quieres que descansemos un momento?”
“¡No, Javier! ¡No! ¡Por favor, sigue, sigue follándome. . . ! ¡Fuck me the way you want!”
Continué. Creo que en ese momento estaba tan excitado que aunque me hubiese pedido que me detuviera habría seguido echándome ese maravilloso polvo sin ninguna consideración. Empujé con un poco más de fuerza. Su culo comenzó a relajarse un poco más. La corona de mi miembro estaba descubriendo la oscuridad de su recto. Ya estábamos en camino hacia lo mejor.
Billy suspiró profundamente. Me detuve por un instante. Después, lentamente pero con una presión regular, un centímetro tras otro, penetré completamente a ese maravilloso chavalín rubio de Nebraska.
Cuando sentí que sus nalgas empezaban a unirse con mi piel, me detuve nuevamente. Quise dejar que Billy fuera acostumbrándose a sentirla dentro, algo que nunca había experimentado hasta ese momento. También yo quise disfrutar de ese instante. Saber que era el primero que le abría el culo. Tenerlo allí, completamente dominado, entregado al placer que estaba dándole mi chorra que había llegado hasta un lugar nunca explorado hasta ese momento. Sentía cómo pulsaba su esfínter y cada latido me golpeaba hasta estallarme en la garganta. Era tan tierno y tan ardiente como una llama que ardía en deseos.
“Voy a correrme, Billy”. Le anuncié, viendo cómo se abrían sus ojos al escuchar esas palabras.
Al principio sólo me moví hacia ambos lados y en círculos, intentando distender las paredes de ese estrecho túnel en el que me tenía aprisionado. Él fue relajándose más y más. Se esforzaba para abrirse y poder tener más de mi carne dentro de él. Después de unos minutos--tal vez sólo hayan sido segundos, en ese momento nadie puede medir el tiempo--me di cuenta que Billy estaba ya totalmente entregado a la nueva sensación que empezaba a vivir. Ya se había abandonado completamente al placer y el dolor no era más que una vaga memoria.
De pronto saqué la mitad de mi miembro fuera de sus nalgas. Suavemente. Él me miraba ansioso. Me quedé así por un instante. Después volví a penetrarle. Esta vez con mucha más fuerza que antes. Ya no me quedaba ninguna duda: Billy quería sentirme adentro, ¡y lo más profundo adonde llegar! No necesitaba que dijese nada, todo estaba dibujado en su cuerpo que se ondulaba aplastándose contra el mío, buscando sentir cómo estaba hurgando en lo más profundo de su ser. Entonces comencé realmente a empujar. Al principio sólo deslizándome, con golpes secos, llegando lo más hondo que pudiera, masajeándole la próstata como nunca se lo habían hecho hasta entonces. Aún para un profesional como yo, que ha aplastado el puro contra más ceniceros de los que se puedan contar, esas carnes me hacían sentir como si estuviese traspasando las puertas del paraíso. Hacía siglos que no disfrutaba tanto del sexo. No sólo Billy estaba desbordado de deseos, también yo.
Mi pequeño norteamericanito volaba por encima de las nubes. Jadeaba como un animal en celo. Se arañaba la cara y el cuello. Tiraba de sus cabellos casi arrancándoselos. Después afirmaba sus manos en mis brazos. Estaba entregado a una pasión que lo hacía vibrar como un terremoto.
“¡Oh! ¡Fuck me! ¡Fuck my ass! ¡Oh! ¡Sweet Jesus! ¡Fuck me harder! ¡I want to get fucked really hard! ¡Harder! ¡Javier!”
Ya ni siquiera recordaba que aquello debía ser una transacción comercial más. Estaba gozando como nunca lo había hecho antes. Todo lo que quería era que el chaval viviese la más fantástica experiencia de sus dieciocho años. Algo que recordara por el resto de su vida. Que aún cuarenta años después, pudiese seguir contando como había perdido su virginidad con un español que lo había follado como nadie. Su primera experiencia sería sido la más memorable, la más maravillosa, la que tuvo conmigo.
Me sentía completamente abandonado al placer. Empujé mil veces contra esas nalgas blancas y tiernas que recién acababan de abrirse.
Nuestros cuerpos brillaban bañados en transpiración. Nos latía el corazón, tan fuerte, que las pulsaciones podían verse sobre nuestros pechos. Respirábamos más agitados que si estuviésemos corriendo un maratón. Éramos como una perfecta máquina de satisfacer deseos, una máquina del placer sin frenos, cada uno respondiendo a lo que el otro esperaba, como si ya lo hubiésemos hecho cientos de veces.
El placer que estaba viviendo era imposible de narrar. No quería que acabara nunca. Pero de pronto me escuché diciendo:
“¡Billy! ¡Billy! ¡Voy a correrme, chaval! ¡No quiero! ¡Quisiera seguir follándote eternamente! ¡Pero tengo que correrme! ¡Ya no puedo contenerme más! ¡Todos mis jugos están por estallar!”
Mis ojos se abrieron muy grandes. Billy supo que ya estaba por derramarle todos mis jugos dentro de su cuerpo. Una explosión de crema caliente y viscosa. Sentí que mis bolas se contraían violentamente y que el semen iba a empezar a chorrear fuera del condón, calentando la piel de sus nalgas.
Cuando había empezado a contraerme en espasmos, Billy, que la tenía tiesa como un revólver, entró también en erupción estallando en mil gotas sobre su pecho y el mío. Ni siquiera se había tocado. Escupía con tal fuerza que la leche le llegaba hasta la cara. ¡Una, dos tres, y más veces! ¡Una explosión después de otra! Cada vez que me movía dentro de él, derramaba más. Tenía gotas de semen colgándole de las pestañas, de la nariz, de la mandíbula. . . Y más...
Billy gritaba extasiado. No de dolor. Tampoco gritaba de miedo. Menos aún de culpa. Era un aullido. Un alarido. Un fuerte y vibrante llanto, una borrachera triunfal, un derroche de lujuria, un delirio creado por la máquina de placer.
Su cuerpo se estremecía. Era como uno de los truenos de la tormenta con la que había llegado hasta la puerta de mi casa. En sus ojos estallaban miles de relámpagos, todos a un mismo tiempo. Billy había cruzado las fronteras que lo separaban de esta nueva dimensión.
A partir de ese momento ya nunca volvería a ser el mismo. Ya era un hombre.
***
Transcurrió más de una hora antes de que nos vistiésemos. Normalmente, si un cliente quiere que me corra le cobró una tarifa extra, porque después debo tomarme unas horas de descanso para recargarme bien entre eyaculación y eyaculación. Puedo estar empalmado cuánto tiempo sea necesario, me gusta correrme como el mejor. Pero con Billy fue diferente.
Unos minutos después de haberle hecho conocer ese mundo nuevo al tanto anhelaba llegar, ya habíamos echado a funcionar la máquina de placer nuevamente.
Esta vez lo hice poner de pie junto a la cama, y le penetré sin previo aviso. En el primer momento ahogó un grito. Pero fue sólo eso. El primer momento. Después estaba gozando y haciéndome gozar como el mejor.
Cuando estuvimos bien unidos, le hice caminar alrededor de la habitación. Le puse enfrente del espejo, los dos de costado, para que pudiera ver como lo poseía. Después lo llevé otra vez caminando hasta la cama. Hice que se hincara en sus cuatroy, con mis manos en sus caderas, comencé a atraerle hacia mí para luego empujarlo hasta casi sacársela completamente y volver a hacérsela sentir. Finalmente se la saqué. Me miró asustado. No pude contener una risa.
“¡Espera, chaval! ¡No te asustes! ¡Hay más!” Le dije, mientras me acostaba de espaldas y lo hacía encima de mí. Él levantó la cabeza y, con un “ahhh” de placer, volvió a sentirme abriéndole hasta lo más profundo de sus carnes recién desvirgadas.
Unos minutos después, cuando ya lo había hecho cabalgar lo suficiente, volví a correrme. Desde el primer golpe sentí que el semen me inundaba el condón y se escapaba por debajo derramándose sobre mis bolas. Hasta entonces, no recordaba haberme corrido nunca de esa manera. Cogí su mano y la puse sobre su miembro tieso afirmando la mía sobre la suya. En unos segundos Billy, como un volcán, volvió a entrar en una violenta erupción lanzando su lava ardiente sobre nuestros pechos. Después volteó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito como el del gallo al amanecer.
***
Ya eran las dos de la tarde. Nos lavamos. Billy se vistió. Su ropa aún estaba húmeda. Cuando le vi ponerse los pantalones y sus nalgas fueron despareciendo dentro de ellos, me embargó un inesperado sentimiento de perdida. Ese chaval de Nebraska, con sus nalguitas vírgenes, me había hecho vivir cosas que no sentía desde hacía demasiado tiempo, y ya estaba marchándose, quizá para siempre.
Dijo que debía irse, que tenía un examen a las cinco de la tarde y necesitaba regresar a su casa para estudiar un poco más antes de ir al Instituto. Yo seguía desnudo. Sentí que debía mantener mi control para no volver a empalmarme y avalanzarme contra él, otra vez. Lo acompañé hasta la puerta. Apenas podía contener mi deseo.
Allí nos quedamos, mirándonos por un momento. Él bajó la mano y me acarició la entrepierna. Me produjo una sensación extraña que recorrió todo mi cuerpo como un golpe de electricidad.
Lo abracé y volví a besarlo.
“Javier, gracias. Esto ha sido más maravilloso que todo que había soñado que era”.
Le acaricié la mejilla sonriéndole. ¡Dios mío! Ese chavalín era tan tierno, tan puro, tan inocente y, al mismo tiempo, cuando sentía mi palo en el culo ¡era la lujuria encarnada! ¡La más poderosa máquina de placer! Volví a besarlo una vez más. No podía recordar una boca más cálida y dulce que la de Billy, y he besado miles de otras bocas.
“Javier. . . , quiero preguntarte una cosa”. Me dijo, un tanto vacilante.
“Pregunta chaval. Lo que quieras”
“¿Es bien contigo, si tal vez. . . , la próxima semana, quizá, vuelvo yo a llamarte por otra cita?” Se calló por unos segundos. Bajó los ojos. Luego continuó hablando. “Es que el viernes tiene que llegar a mí un dinero enviado de mis padres y podré pagarte. Quizá. . . , si tú quieres, digo, claro..., podría venir el lunes por la mañana nuevamente. . . ”
Ya me había olvidado completamente del manojo de billetes y monedas que habían quedado sobre la mesa de la cocina. ¡Joder! ¡El chaval era un cliente! ¿Qué clase de chapero era?
“¡Ah. . . !, ¡Sí. . . ! ¡Sí. . .! Seguro. . . El lunes por la mañana. . . Sí, sí. . . No hay problema. . .” Las palabras me salían entrecortadas. “Bueno. . . quiero decir. . . , los lunes nunca estoy muy ocupado. . . Seguramente podré recibirte. . . Sí. Por la mañana. . . Por supuesto que sí. . .”
Me mordí la lengua. Estaba hablando como un gilipollas cualquiera. Había quedado atrapado en los engranajes de mi propia máquina del placer. El chaval acababa de llevarme al paraíso y yo ¡estaba arreglando una jodida cita como si fuese cualquiera de mis clientes!
“Billy. ¿Qué te parece esto? ¿Te gustaría venir después de tu examen? ¿Te gusta bailar?”
Me miró sorprendido. El chaval no podía creer lo que estaba escuchando.
“No soy muy bueno para bailar. . . , pero, sí. Me gustaría ir a bailar contigo. . .”
“Bueno. Entonces te espero después de tu examen. Podemos ir a comer algo. Hay un buen restaurante a unas pocas calles de aquí donde como casi todos los días, el “Marsot”. Después tomaremos una copa en algún lado y buscaremos un sitio que nos guste para bailar, o, no sé, podemos hacer cualquier otra cosa. . . Lo que tú quieras. . . ¿Te parece bien. . . ?”
No podía creer lo que estaba haciendo, ¡estaba dándole una cita a un cliente! Mi ética profesional ¡se había ido al demonio!
Una gran sonrisa iluminó la cara de Billy.
“Si estoy contigo, cualquier lugar me es bien a mí, Javier”.
Yo también sonreí.
Ex-cliente.
©O.Sabino, 2000