Selección de:
L a C i u d a d d e M o
¡BASTA DE REPETIR FANTASÍAS ABSURDAS!
ESPERO QUE ESTO QUEDE CLARO DE UNA VEZ POR TODAS:
SUPERMAN Y CLARK KENT NO ERAN LA MISMA PERSONA:
ERAN AMANTES,
¿Y QUÉ?
El día cuando la Medusa, sin mirar ni escuchar a nadie, se decidió a ir a dar un paseo por la calle principal, un brazo, blandiendo una espada de plástico, salió por la ventana de un coche y la decapitó, justo cuando ella estaba admirando unos libros cubiertos de polvo, frente al escaparate de una librería abandonada.
Nadie pudo recoger sus últimas palabras.
La Medusa ni siquiera atinó a pronunciarlas.
El único Cardenal de la ciudad, apenas se atrevió a lanzar, desde su gastado púlpito de madera que alguna vez fue lustrosa, un vago sermón en su memoria.
Ya no sé cuándo fue ni de qué hablamos pero, una vez, la Medusa y yo mantuvimos una larga charla.
No estábamos cara a cara, hablamos en uno de los chat rooms del Internet.
Recuerdo borrosamente que mencionó una larga lista de nombres que no alcancé a copiar.
No incluyó ni dioses, ni generales, ni vedettes de los teatros de revistas, ni tampoco coristas de Las Vegas.
Ni siquiera habló de ella misma.
¿Con qué derecho podía hablar de sí misma?
Ya no era nadie, para nadie.
¿Habrá alguien que recuerde cuándo llegó a esta ciudad en ruinas?
Me animé a preguntárselo.
Se quedó en silencio, por unos minutos.
Después contestó que ni ella lo sabía: ni cuándo había llegado, ni cómo, ni tampoco por qué, sólo sabía que estaba aquí y que este sería su último destino.
Indudablemente, la Medusa era distinta a todo y a todos.
Lo supe en el mismo momento cuando empezamos nuestra única charla.
Alguien me había dicho que por las noches adoptaba formas más humanas, y salía a las calles para trabar amistad con las prostitutas de la ciudad.
Pero no era como ellas, tampoco conocía a nadie, ni al Gato Félix, ni a Batman y Robin, ni a Clark Kent y Superman, ni siquiera había oído hablar de Xena.
Eso fue todo lo que pudo decir.
Después, Pandora entró en línea, y tuvimos que interrumpir la conversación.
Nunca más logré hablar con Medusa.
Tampoco O.
La electrificación de los lugares más despoblados nos ha privado del placer de hacer el amor en cualquier esquina oscura.
También les ha robado a las generaciones contemporáneas, y a todas las que vendrán en el futuro, la posibilidad de admirar un cielo tal como debe ser visto.
Ahora los niños sólo conocen cielos claros manchados de nubes, con algunos miserables puntitos brillantes, y con el logotipo de Microsoft escrito en negro.
Y Xena es solamente una figura más entre las tantas que viven dentro de la caja de la televisión.
Abrí la puerta y vi que la creadora de las espinas de las rosas estaba quitándose los piojos que habitaban su pobre cabellera claroscura.
Semejaba una simple cazadora de falsas lagartijas.
Cuando me miró descubrí que no tenía el rostro que llevaba todos los días frente a su mínima audiencia.
Su cuerpo era el mismo, pero sus facciones verdaderas eran las del destructor de la historia.
Entonces supe que tampoco su cerebro era suyo.
Nada más que por discreción, ante un final ineludible, cerré la puerta justo en el momento cuando Xena llegaba para desafiarla a un mano a mano.
Después, anduve por las calles preguntándole a la gente si alguien sabía quiénes habían sido antes de ser quiénes eran entonces la creadora de las espinas de las rosas y el destructor de la historia.
Pero nadie conocía sus nombres.
No eran una realidad, eran una simple invención de su propia falta de ingenio.
El destructor de la historia, que aseguraba ser un genio y que parecía tener la apariencia de un hombre, habló frente a un público que no lograba entender ninguna de sus palabras.
Un miembro de la audiencia aseguró que la única palabra que llegó a comprender fue “bricolaje”, pero no entendía que hacía en medio de ese discurso incomprensible.
Después, el destructor de la historia, que aseguraba ser un genio y que parecía tener la apariencia de un hombre, salió a la calle.
El frío lo obligó a aceptar que un día moriría como cualquiera de los pordioseros que habitan los callejones sin salida.
Volvió a fruncir el ceño, escondió sus nórdicas manos en los bolsillos, y tuvo que resignarse a la realidad que lo rodeaba.
O permanecía inmutable.
© Osvaldo R. Sabino, Neuquén, 2005