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Los Andes de Mendoza y La Prensa (Buenos Aires) – 18/10/87
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Osvaldo Sabino
Su aproximación a la obra de Borges
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Osvaldo Sabino nació en Buenos Aires en 1950. Siguió estudios de ciencias de la comunicación social en la Universidad Católica y de museología en la Universidad del Museo Social Argentino y se recibió de profesor de Inglés. En 1979 resolvió viajar a los Estados Unidos y allí reside desde entonces, consagrado a tareas Intelectuales. Después de vivir un año en Nueva York, donde logró publicar, algunas, poesías y cuentos en revistas literarias, se trasladó a California, donde en el tiempo récord de dos años obtuvo el doctorado en letras en la Universidad de San Diego, en la que se desempeñó después como profesor adjunto de literatura latinoamericana. En la Escuela de Estudios para el Desarrollo de la Comunidad, también de San Diego, fue autor de un proyecto teatral que duró un año y medio, durante el cual dirigió la puesta en escena de obras de autores chicanos y de la pieza Requiem para un sábado a la noche, del argentino Germán Rozenmacher. También dirigió la galería de arte de esa escuela, en la que organizó, entre otras exposiciones, la de un argentino que vive en, California, Alfredo Antognini, pintor que, según nos informa Sabino, ha llegado a convertirse en una figura relevante del ambiente artístico en esa zona del oeste norteamericano.
En 1984 volví a Buenos Aires y durante cuatro meses-nos cuenta-entrevisté a muchas escritoras argentinas. Fueron más de ciento veinte horas de grabación para un trabajo que estoy realizando desde entonces sobre “La evolución de la escritora argentina en el siglo XX”.
¿Con qué escritoras dialogó?
Luisa Mercedes Levinson, Syria Poletti, Marta Mercader, Hebe Uhart, Liliana Heker, Alicia Dujovne Ortiz. En fin, muchas. Mi proyecto es trazar un panorama en el que se vea cómo las escritoras argentinas se han abierto paso dentro de un contexto histórico y social que, con el tiempo, fue modificando pautas tradicionales. Antes únicamente podían dedicarse a la literatura algunas mujeres que eran, a la vez, señoras de sociedad, con una buena posición económica, ocio disponible y, por, supuesto, una esmerada educación. Yo trato de analizar los cambios que permitieron el acceso a la literatura de mujeres de otras capas sociales y cómo se refleja dicho fenómeno en sus obras. En Estados Unidos este trabajo ha servido de mucho. Antes nadie hacía estudios sobre la literatura femenina argentina, pero desde hace algunos años este es un tema frecuente y soy consultado a menudo.
Hace poco tiempo, Ediciones Corregidor publicó su libro Borges, una Imagen del amor y de la muerte, prologado por Jorgelina Loubet e ilustrado por Gloria Audo. ¿Cuál es el contenido del libro y el motivo de su aproximación a Borges?
Borges surgió por un accidente. Yo era uno de esos argentinos típicos que rechazaban a Borges, hasta que fui invitado a un congreso en el Allegheny College, en PennsyIvania, al que él mismo Borges asistiría. Me presenté con un trabajo sobre su cuento “El Evangelio según San Marcos”, que Borges, al conocerlo, aprobó. Charlamos varias veces y, al término del congreso fuimos una tarde con él, María Kodama y la doctora María Roof, organizadora de aquel simposio, a ver la puesta de sol al lago Eerie. En un momento nos quedamos solos. El espectáculo del cielo dominado por una nube que parecía un yunque del que brotaban llamas, era increíble. Le empecé a comentar lo que veía y él completó la descripción. En ese momento no podía creer que fuera ciego. Por suerte, conocerlo hizo que variara mi posición hacia él; empecé a admirarlo y hoy me he convertido en un fanático de Borges. Él me dijo entonces que le gustaría (siempre como lo hacía él, con esa forma de pedir muy humildemente) que si tenía interés en seguir trabajando en su obra no me dedicara a los libros que ya habían comentado todos los críticos, El Aleph” y Ficciones, sino que estudiará El informe de Brodie, pero más, aún El libro de arena, sus libros de cuentos últimos sobre los que, según él, nadie se interesaba porque los consideraban libros menores y reiterativos. Cuando volví a Boston—donde vivía entonces y aún sigo viviendo—me puse trabajar inmediatamente, y así surgió este Borges, una imagen del amor y de la muerte que es un enfoque sobre El libro de arena o, mejor aún, sobre su cuento “Ulrica”, que era el favorito de Borges. En realidad, he querido hacer en este ensayo una revaloración de su obra, apartarme de esos estudios borgesianos repetitivos que se han convertido en una industria académica.
¿De qué manera cree que ha realizado un análisis distinto?
Esencialmente traté de salir del laberinto, no borgesiano sino académico, y utilizar un lenguaje alcanzable para todo público, similar al de Borges en su última etapa creativa, y no incurrir en una serie de signos jeroglíficos muy típicos de la crítica actual. Y esto se lo digo a sabiendas de que a muchos colegas no les va a caer bien.
¿Pero en qué consiste la peculiaridad de su análisis?
Yo hago un análisis minucioso basado en el estudio de las fuentes de donde surge el relato. Tengo la suerte de poseer la edición de 1911, la undécima de la: Enciclopedia Británica, que es la que Borges prefería, y la traducción hecha, por William Morris del Volsunga-Saga (la versión, islandesa original de El anillo de los Nibelungos.) Borges era un hombre, extraordinariamente culto y aportaba toda esa cultura a sus cuentos, en ellos no existe nada caprichoso.
¿Piensa seguir publicando su interpretación sobre la última etapa creativa de Borges?
Espero que los buenos editores quieran publicar el resto de mi trabajo. Tengo terminado el análisis de otros cuatro cuentos. El que presenta mayores dificultades es “El Congreso”, su relato más complejo, así como el más largo y el más autobiográfico de todos los que escribió. Yo lo considero un proyecto de novela, género para el que Borges confesó no tener aptitudes. Además, estoy trabajando, en colaboración con el novelista Christopher Leland, en un análisis comparativo entre el desarrollo de los cuentos de El Informe de Brodie,” y los libros de la Biblia. Estoy disfrutando actualmente de una beca otorgada, por el presidente de la Boston University y, gracias a ella, pienso terminar mi trabajo crítico.
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