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La razón, Cultura,  07/01/94
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Osvaldo Sabino analiza nuestra inclinación al olvido
“Hay que mantener vivos a los muertos”
Por Rubén Tizziani
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Si  en algo es flaco el panorama cultural argentino es en estudiosos de la literatura. No se habla de comentaristas de bibliográficas, por supuesto, sino de gente que tenga la formación, el talento y la generosidad necesaria para dedicar sus esfuerzos a la indagación del mundo de otros escritores, a desentrañar sus misterios y revelar sus fantasmas. Lástima, porque esa especie de “críticos” son los únicos que tienen derecho a un diálogo de igual a igual con el artista y quienes pueden contribuir a que la creación literaria sea algo más que la expresión de un rabioso individualismo. No obstante, algunos hay. Osvaldo Sabino, por ejemplo, un porteño nacido hace 43 años, doctorado en Filosofía, Lengua Hispánica y Literatura en la Universidad de Boston, editor asistente de libros de autores españoles y latinoamericanos de la Universidad estatal Wayne, de Detroit, y docente en otras importantes universidades de Estados Unidos, donde vive desde 1979. En 1987 publicó Borges: una imagen del amor y de la muerte, exhaustivo análisis del cuento “Ulrica”, del Libro de Arena. Tres años después, Mujeres solas: canciones, sueños, pesadillas y poemas, una colección poética. En estos días está de paso por Buenos Aires, donde acaba de presentar su última obra, que responde al maratónico título de Luisa Mercedes Levinson. Revolución, redención y la madre del nuevo Mesías:  alusión mítica y alegórica en “La Isla de los Organilleros”. En diálogo con La Razón, Sabino habló sobre aspectos particulares de este trabajo, sobre sus proyectos, y arriesgó opiniones sobre el panorama literario argentino.

La obra de Borges fue objeto particular de sus análisis. ¿Por qué Luisa Mercedes Levinson?
Empecé analizando la obra de Borges y no la dejé. Pero en el ‘83, cuando volví al país, empecé un estudio completo sobre escritoras contemporáneas latinoamericanas. Luisa Mercedes Levinson, por su talento, me impactó muchísimo desde que la conocí.

¿Y esta obra en particular?
Porque muestra toda la sensibilidad y los ideales de la autora.  Hay una cosa esencial:  Lisa nunca se embanderó políticamente; nadie conoció ni su edad ni su ideología política.  Sus puertas estuvieron abiertas para todos.  A través de este trabajo exalto, entonces, a una escritora de una cultura vastísima, de una capacidad poética inmensa cuya obra no ha sido apreciada en su totalidad en el país, pero que en el exterior lo fue.  Acá tal vez su imagen sobrepasó a su obra.  Las observaciones para hacer sobre ella son muchas, salta a la vista con sólo tener en cuenta las conexiones bíblicas que hace y observando cómo jugó con esas tres islas del Paraná y las tres repúblicas en las que ella nació, creció y se desarrolló: la república bajo Yrigoyen, la república reprimida, luego y la república en crisis, en la que seguimos y que esperamos dejar.

¿A qué se debe su interés por las escritoras?
Cuando yo pude volver al país, venía sin un rumbo fijo académico y me encontré con que había una mayor cantidad de escritoras en comparación con los escritores. Observé, además, obras de muy buena calidad, tal vez superior a la de los escritores hombres en muchos de los casos. También supe, por las mismas escritoras, que si hubiesen sido hombres, sus obras hubieran tenido más promoción. Luisa muestra en El último xelofonte, una novela que no ha sido profundamente leída pero que desnuda soledades políticas tremendas, una rara capacidad de penetración de ciertos mundos. También lo hace Luisa Valenzuela, que en ese momento estaba en Estados Unidos, donde desarrolló toda su obra y, claro, lo hizo más abiertamente.

¿Hace tiempo que no venía al país?
No. Viajo casi todos los años

¿Siente nostalgias, el deseo de volver a la Argentina?
No. Creo que puedo hacer mucho más estando afuera, siendo profesor para formar críticos y promoviendo la literatura argentina, como con este estudio de las escritoras argentinas, que todo lo que podría hacer en el país.


¿Cuáles van a ser los estudios inmediatos que va a presentar o que tiene en elaboración?
El primero va a ser de Luisa Valenzuela, hija de Luisa Mercedes Levinson. Un estudio sobre su obra y, aparte, una biografía entrevistada.

En 1989 publicó un libro de poemas, Mujeres Solas. ¿Qué más hay en ese terreno?
Está por salir un libro con poemas en prosa, Señales para hallar ese extraño lugar en el que habito,  en España. Y estoy en tratativas para lanzar una novela en la Argentina. Una novela bastante complicada, experimental, donde no hay narración ni personajes, y donde está plasmado lo que viví durante el proceso, que fue duro.

¿Su exilio fue duro también?
No. Fue cuestión de construirme, de armarme todos los días hasta llegar a ser lo que soy. Desde ya que con la gran ayuda de amigas y amigos.

¿Cómo definiría este trabajo suyo?
Diría que es un libro interesante y que si pueden leerlo, lo hagan. Pero que no dejen de leer a Luisa Mercedes Levinson porque es una excelente escritora. Uno de los valores que la Argentina no supo apreciar. Una cosa esencial es que no matemos a los muertos. Estoy asustado porque, estemos o no de acuerdo con Marta Lynch, Silvina Bullrich. Sara Gallardo o Luisa Mercedes Levinson, no encontramos ni un solo crítico que se ocupe de ellas. En cambio, en otros países mantienen desesperadamente vivos a los muertos y es algo que debemos imitar:  cuidar nuestra tradición.  Porque venimos de algún lado, no nacimos por generación espontánea.  Tenemos que valorar ese pasado porque hizo que hoy seamos lo que somos.
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20/10/2008
La obra maestra de Luisa Mercedes Levinson se llamó Luisa Mercedes Levinson y, para nuestra desdicha, ha desaparecido.  Nos quedan sus novelas, sus cuentos, sus piezas dramáticas y, a quienes tuvimos el privilegio de conocerla, la imagen inolvidable de una mujer singularísima.
Celebro la aparición de este libro donde, a través del estudio de las ficciones literarias de Lisa, el lector podrá rescatar algunos rasgos de aquella admirable personalidad:  la portentosa imaginación, la magia y la gracia verbales, la sonriente sabiduría, el hondo conocimiento de la naturaleza humana.
Marco Denevi