De Señales para hallar ese extraño lugar en el que habito
(Pp. 55, en el texto impreso)










El circo




    Un circo de payasos oxidados desfila a lo largo de las avenidas del abandono.
    A su paso se derriten los barrotes de las prisiones y una vez más vuelven a ser simples minerales.
    La orquesta toca marchas descoloridas que aburren el agotado andar de las horas.
    Una nube de recuerdos está escondida entre los retazos azules del cielo.
    Los tormentos extienden la alfombra que fueron tejiendo a lo largo de los siglos.
    El equilibrista re mientras camina sobre los cables de teléfono.
    La ecuyere danza sobre el lomo de un elefante que aplasta los días que se atreven a cruzar por su                  camino.
    Los payasos pintan lágrimas sobre las mejillas de cada ojo que asiste al espectáculo.
    El tronco seco de un árbol huye para confundirse entre las astillas de una selva de vidrios.
    Los malabaristas lanzan sus clavas al fuego que devora las memorias.
    El oso se nutre en el almíbar que fluye de los pezones de una virgen.
    La lona de la carpa queda tendida sobre las cabezas rapadas de los involuntarios espectadores.
    La audiencia se paraliza escuchando el rugido de los leones hambrientos que han escapado de su     jaula.
    El trapecio comienza a oscilar sobre los pálidos rostros que miran asombrados.
    Todo se oscurece.
    Silencio.
    Repica un tambor.
    Se encienden los reflectores.
    Un látigo corta el aire en pedazos.
    Comienza la función.




Tres poemas para ahuyentar al recuerdo de la robadora de versos
(a Marjorie Agosín)         
(Pp. 97 – 99 en el texto impreso)



                      Traiciones de la robadora de versos



                    Fornica con la traición
                                  sobre una mancha del mar,
               y lanza sus dorados arpones
           para atrapar nuevas felicidades
         que intentan treparse a las olas.

       Una nave arroja los hilos de su red
         acompasada por las cuerdas grises
             de una guitarra de esperanzas
            que bordonea sobre el recuerdo
                de hembras de humo robadas
             de las hogueras de la locura.

          Crece en su telaraña de mentiras
       escupiendo odas desde sus dedos de fuego
            con las que incendia la pureza
                   de todos los pañuelos blancos
         que logra engañar con sus lamentos.

        Los marinos trabajan sin descanso
   hincados sobre el color de sus palabras
       ignorando que al fin de la jornada,
          las siete serpientes que habitan

       el corazón de la robadora de versos
     clavarán la traición en sus gargantas



       Los canteros estériles de la robadora de versos



         Dijiste que cantabas,
         pero la metralleta a sueldo de tu voz
         sólo
         arrastra los sonidos de los puñales que clavas.

         Dijiste que amabas,
         pero el estrecho triángulo de tu corazón
         sólo
         tiene lugar para albergar el frío de las piedras.

         Has,
         como Judas escucha sus monedas.
         Has,
         como te acunas en los versos que robas.

         Lloras,
         desconocido dolor de madre muerta
         sin respetar
         a los fantasmas desolados que partieron.

         Gritas,
         para cubrir el animal silencio al que condenas
         las voces
         de los que la vergüenza de tu mentira calla.

         Robas,
         porque sabes que en el jardín de tu garganta
         sólo
         tienes estriles canteros
         donde florecen nada más que las espinas del silencio.



         Juicio a la robadora de versos



          Cuando las sombras declaren la llegada de la hora,
          los hilos que manejan tu conciencia
          serán los jueces que condenen
          la oscuridad que cubre
          los pecados de las líneas de tus dedos.


          Remolinos de viento habitarán en tus perdones
          cuando por fin te dejen sola,
          desnuda como siempre,
          para mirar de frente a tu bolsa de pecados,
          la misma que corroe tus silencios.


(c) Copyright Osvaldo Sabino, 1995
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