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De Nadando en el volcán
(Pp. 114 – 122 de la obra impresa)




Instantáneas de una noche estéril:
A David W. Foster




Buscó la cercanía de una pequeña y breve muerte eterna cuando el cuerpo era un ansioso campo de batalla y el cerebro un simple muestrario de carnes desnudas.

¿Permitirá esta noche de amor desierto que una fiebre vagabunda abra la última de todas las puertas y que su mano—penitente y sonámbula—la cierre tras él, o la luna pondrá un pie entre la noche y su nuevo destino?



I:
   Caras


Todas las que pasan tienen algún detalle que rescatar. 

Van superpuestas como lo inesperado. 

Son similares al aviso de un signo temeroso que sólo se manifiesta durante un corto segundo y que luego se diluye perdiéndose entre la multitud en busca de un encuentro ignorado.



II:
    Aromasabor


El aroma del semen.
El sabor del semen.
El aroma y el sabor del semen, idéntico, rancio y tierno.
El aroma y el sabor del semen
cayendo sobre el desorden de unas sábanas ajenas.
sábanas impregnadas de los sudores de otros hombres,
hombres que hacen el amor mientras alguien camina solo.
El aroma del semen que juega sobre la yema de los dedos.
El sabor del semen viajando desde la boca hasta los sentidos.
Suspiros.
La nostalgia de un momento muerto.



III:
     Instante


El ilusorio trayecto entre el salón y el dormitorio.
El piso cubierto de escollos.
Besos.
Fuerzas iguales buscando desnivelarse.
Los suspiros derramándose sobre las alfombras.
La belleza de dos erecciones lagrimeantes.
Enfrentamiento + lucha + posesión = dos triunfadores.
El instante.



IV:
     Satisfacción solitaria


Momentos vacíos de palabras.
Momentos estáticos y cubiertos de colores con marcos grises.
Momentos atrapados entre la soledad y el secreto.
Momentos muchas veces compartidos en lugares oscuros.
Acaso los largos y estériles momentos de invierno.



V:
    Derrota


Nada más que la huella de nuestros pasos
regresando sobre la nieve. 
El silencio que,
de cuando en cuando, se quiebra por el sonido de la envidia.
El miedo disimulado bajo mantos de viento.
Los ojos apurados en borrar todos los rastros que pudieran quedar atrapados en los implacables espejos del recuerdo.
Rápidamente.



VI:
     Árbol


Su perfume trepando desde las baldosas. 
Su perfume desplegando tentaciones a lo largo de toda la calle.
Su sombra artificial cubriendo la abrillantada espuma
de un orín caliente que ya era imposible contener durante más tiempo.



VII:
      Huellas


Una luz seca y oscura. 
La repetición de una luz seca y oscura. 
El macho soñado atrapado en la reflexión de esa luz seca y oscura.
La brevedad de una luz seca y oscura perdiéndose entre los hombres.



VIII:
        Última hora


Calles desoladas. 
Paisaje inmutable. 
Nada. 
Nadie.
Ni siquiera la silueta de una sombra tardía. 
Tampoco cenizas.



IX:
     Fin de la noche


Oscuridad difusa.
La oscuridad de las primeras luces del día.
La oscuridad del calor de los bolsillos.
Un mantel sin una mancha que quiebre su blancura.
Una taza de café humeante.
Nadie con quién compartirlo.
La oscuridad de un sol que anuncia la derrota de la noche.




(c)Copyright Osvaldo Sabino, 1999